Verdades y amor
- Marissa Galvan

- hace 5 minutos
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La Pastora Marissa predicó este sermón el 2 de agosto de 2026, en la Iglesia Presbiteriana Beechmont. El sermón fue sobre Romanos 9:1-5.
La Iglesia Presbiteriana, Israel y Palestina
En su más reciente Asamblea General, la Iglesia Presbiteriana (EE. UU.) adoptó varias medidas relacionadas con Israel y Palestina. No se trata de decisiones nuevas, sino de medidas fundamentadas en décadas de declaraciones anteriores.
Entre otras cosas, estas medidas incluyeron:
El reconocimiento de que Israel ha violado la prohibición internacional del genocidio en su conducción de la guerra en Gaza.
La defensa de un embargo de armas de guerra. La Asamblea pidió al Gobierno de Estados Unidos que detuviera la transferencia de armas de guerra a Israel hasta que se respete el derecho internacional humanitario.
Fomentar boicots de consumo. Se animó a las personas presbiterianas a evitar la compra de productos que apoyen directamente la ocupación o las acciones militares señaladas en las decisiones de la Asamblea, o que se beneficien de ellas.
Una mayor desinversión. La Asamblea aprobó medidas adicionales de inversión socialmente responsable, incluida la desinversión en empresas como Palantir Technologies y GE Aerospace.
Y el apoyo continuo a los derechos humanos del pueblo palestino. La Asamblea reafirmó el compromiso de la denominación con el derecho internacional, los derechos humanos y una paz justa tanto para el pueblo palestino como para el israelí. El liderazgo de la Iglesia hizo énfasis en que estas críticas estaban dirigidas a las políticas del Estado de Israel —no al pueblo judío ni al judaísmo— y rechazaron explícitamente el antisemitismo.
Es importante comprender lo que estas medidas no significan. Estas políticas expresan el testimonio y la labor de incidencia de la oficialidad de la denominación. Orientan el trabajo de las agencias nacionales y animan a las congregaciones y a cada persona presbiteriana a responder. Sin embargo, no obligan a todas las congregaciones ni a todas las personas que son parte de ellas a adoptar cada una de las recomendaciones, pues las iglesias locales conservan una autoridad considerable dentro de la forma de gobierno presbiteriana.
Una de nuestras confesiones declara que solo Dios es Señor de la conciencia. Esta afirmación significa que ninguna autoridad humana —sea la Iglesia, el Gobierno o una persona— puede someter la conciencia cristiana más allá de lo que exigen las Escrituras bajo el señorío de Cristo.
Existe una distinción entre el testimonio colectivo de la Iglesia y la conciencia individual. Las personas comisionadas para servir en la Asamblea General no afirman ser infalibles ni tienen autoridad para exigir que cada persona presbiteriana esté personalmente de acuerdo con cada declaración de testimonio social. Solo Cristo es la Cabeza de la Iglesia. Cada persona es libre, por motivos de conciencia, de lidiar con las conclusiones de la Asamblea, discrepar de ellas o rechazarlas.
La Iglesia debe ser profética y proclamar la verdad en el mundo, pero no posee autoridad absoluta sobre las conciencias de quienes creen. Algunas personas llaman a esto una tensión saludable, pero no deja de ser una tensión. Es una tensión que puede causar tristeza y angustia entre creyentes y que puede llevarnos a preguntarnos cómo podemos convivir en medio de ella.
La angustia de Pablo
El pasaje que leímos de Romanos está lleno de tensión y emoción. El apóstol Pablo es conocido como uno de los grandes teólogos de la Biblia y, por lo general, cuando pensamos en la teología no pensamos en las emociones. Por eso, las palabras de Pablo en este pasaje pueden sorprendernos, pues parecen surgir tanto de su corazón como de su mente.
La versión de la Biblia llamada El Mensaje quizá comunique el dolor de Pablo con mayor claridad a nuestros oídos modernos:
«Al mismo tiempo, necesitan saber que siempre llevo conmigo una inmensa tristeza. Es un dolor enorme en lo más profundo de mi ser, del cual nunca me libero. No exagero: Cristo y el Espíritu Santo son mis testigos. Es por el pueblo de Israel… Si hubiera alguna manera de que el Mesías me maldijera para que mi pueblo pudiera recibir su bendición, lo aceptaría de inmediato. Es mi familia; crecí con ella. Lo tenía todo a su favor: la familia, la gloria, los pactos, la revelación, la adoración y las promesas, sin mencionar que de este pueblo surgió el Mesías, el Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas, para siempre. ¡Así es!».
Romanos es una de las cartas más hermosas de la Biblia. En ella, Pablo escribe lo que, según Martha C. Highsmith, constituye «uno de los testimonios más inspiradores de todas las Escrituras cristianas». Sin embargo, después del capítulo 8 parece desmoronarse. Suena como alguien que ha visto la verdad y la luz, y que desea que todas las personas que conoce experimenten lo mismo, pero se siente frustrado porque no lo hacen.
Esto es natural. Si descubrimos un buen restaurante, queremos compartirlo con otras personas. Si encontramos una buena oferta, se lo contamos a todo el mundo. Si vemos una buena película, la recomendamos. Pero cuando alguien ve la misma película y nos dice que es una basura, podemos sentir enojo y tristeza al mismo tiempo.
Pablo se siente tan afligido por esta situación que, según Highsmith, «incluso está dispuesto a renunciar a su propia relación con Cristo, con tal de que el pueblo de Israel pueda ver lo que tiene», aquello que el propio Pablo ha encontrado.
Pero la verdad es que, hasta el día de hoy, podríamos decir que Pablo continúa angustiado. Todavía hay personas que reconocen a Cristo como su Mesías y otras que no. Esa tensión continúa formando parte de la vida, nos guste o no.
Sin embargo, para mí, lo más hermoso de este pasaje es que Pablo no se da por vencido. Sigue amando a su familia y reconoce todo lo que esta ha recibido. No la descarta. Su familia continúa formando parte de su vida y de su carta.
Y si podemos aprender algo de este pasaje, es precisamente cómo vivir con la tensión para que podamos comprender lo que Dios está haciendo en el mundo.
Sin tensión, solo extremos
Es interesante que Highsmith afirme que nuestro mundo actual no parece seguir el ejemplo de Pablo. Sí nos descartamos mutuamente, ignorando los planes y la gracia de Dios: una gracia que se extiende más allá de nuestros círculos, nuestras opiniones y nuestras perspectivas. Hay ocasiones en las que ni siquiera sentimos tristeza o angustia al ver cómo luchamos y nos dividimos.
Por un lado, tenemos a quienes han utilizado este pasaje para alimentar el antisemitismo. El antisemitismo es el prejuicio, el odio, la discriminación o la hostilidad contra el pueblo judío por el hecho de ser judío.

Algunas personas cristianas se complacen con la idea de que Dios ha rechazado al pueblo judío. Así interpretan este pasaje de Romanos. Pero esto es una tergiversación. La actitud de Pablo es exactamente la contraria. Está angustiado porque sus compatriotas judíos no comprenden quién es Cristo ni lo que Cristo ha venido a hacer. En lugar de celebrar el rechazo, Pablo siente «tristeza y angustia incesante» por Israel, después de haber experimentado personalmente el gozo de la vida en Cristo.
Por otro lado, tenemos a quienes creen que el pueblo judío tiene derecho a regresar a Israel y que Dios desea que lo haga. Esta postura considera a las personas judías descendientes del Israel bíblico y herederas del pacto entre Dios y Abraham.

Algunas personas cristianas consideran que el cumplimiento de esta promesa bíblica es un requisito previo para el regreso de Cristo a la Tierra. Por eso, como desean que Cristo regrese, quieren que el pueblo judío tome el control de Israel por cualquier medio que sea necesario. Esto es lo que se ha denominado como sionismo cristiano.
Pero esta también es una postura de exclusión. La expansión excluye y, en este caso, excluye al pueblo palestino, en el cual, contrario a lo que comúnmente se cree, hay personas cristianas que forman parte de la Iglesia gentil a la que también pertenecemos.
Kyle D. Fedler afirma que la preocupación primordial de Romanos 9–11 no es antropológica, es decir, no se trata de cuáles seres humanos se salvan y cuáles se condenan. Esa suele ser una preocupación común para los seres humanos, pero no es la preocupación principal de Pablo. El mensaje de Pablo trata de Dios y, en particular, de la misericordia inquebrantable de Dios.
La misericordia de Dios —la gracia de Dios— se opone a nuestra necesidad, nacida de la pretensión de superioridad moral, de saber quién pertenece al grupo y quién queda fuera.
En el pasaje leemos que Pablo está dispuesto a «ser maldecido por el Mesías para que su familia pueda recibir su bendición». Fedler afirma que Pablo sigue el ejemplo del Cristo a quien adora: «dispuesto a asumir el castigo para que otras personas pudieran salvarse».
Fedler declara que Pablo está convencido de que Cristo se entregó voluntariamente por amor absoluto a la humanidad. Y me atrevo a decir que Cristo lo hizo tanto si ese amor era correspondido como si no; tanto si las personas por quienes lo hizo creían en él como si no.
Una conclusión acerca de las verdades
Fedler concluye su comentario diciendo que «cualquier conclusión a la que Pablo llegue con respecto a la salvación de Israel debe comenzar y terminar con su absoluta certeza del amor inquebrantable de Dios, revelado en la cruz de Cristo», porque lo que está en juego es la certeza de la gracia de Dios.
La gracia de Dios supera nuestro entendimiento.
La gracia de Dios elige de maneras inesperadas y sin nuestro consentimiento.
La gracia de Dios debería tener un impacto tan profundo en nuestras vidas que estemos en la disposición de renunciar a nuestras propias certezas y a recordar que no controlamos el amor ni el favor de Dios.
Cualquier postura extrema que niegue la humanidad de otras personas termina excluyendo. Sin embargo, el Dios que encontramos en Jesucristo avanza continuamente hacia la reconciliación, la misericordia y un abrazo cada vez más amplio.
Debo admitir que yo también, como persona cristiana y como pastora, llevo conmigo en todo momento una inmensa tristeza.
Creo que las acciones de algunos integrantes del Gobierno israelí han violado la prohibición internacional del genocidio. Creo que lo que hizo Hamás es malvado. También es horrible leer en las noticias que, entre las siete comunidades más grandes de la diáspora judía fuera de Israel, el total de incidentes antisemitas ha aumentado un 136 por ciento y los incidentes violentos han aumentado un 97 por ciento en comparación con 2022, el año anterior al ataque de Hamás contra Israel del 7 de octubre.
Esta tristeza no me convierte en sionista.
También me llena de tristeza escuchar a integrantes de nuestra familia cristiana justificar la matanza de personas palestinas inocentes porque Israel es «la nación de Dios». No creo en un Dios que justifique semejante violencia y muerte.
Esta tristeza no me convierte en antisemita.
Esta tristeza me ayuda a comprender que no poseo toda la verdad.
Esta tristeza me llama a ser humilde.
Esta tristeza me enseña a aferrarme al amor y a la gracia de Dios, incluso cuando no quiero hacerlo.
Eso es lo que esta angustia provoca en mi conciencia.
Por eso, mi invitación para ustedes hoy no es que adopten una postura determinada y, mucho menos, la mía. Mi invitación es esta:
Escuchen.
Aprendan.
Amen.
Permítanse sentir tristeza y angustia.
Sigan abriendo sus corazones y sus mentes a la asombrosa gracia de Dios.
No permitan que sus vidas se inclinen hacia el odio.
No permitan que sus impulsos los conduzcan hacia la exclusión.
El Señor a quien seguimos dedicó su vida a derribar esos muros.
De eso estoy segura.





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