Una cosecha de fe
- Marissa Galvan

- hace 2 días
- 5 min de lectura
Este sermón fue predicado por la pastora Marissa el 12 de julio de 2026, en la Iglesia Presbiteriana Beechmont. El sermón fue sobre Mateo 13:1-9, 18-23.
Buena tierra
Esta no es la primera vez que predico sobre esta parábola. Aparece en Mateo, Marcos y Lucas, y creo que he predicado sobre cada una de sus versiones en algún momento. Sin embargo, esta parábola vuelve a llamarme porque sigue siendo, en muchos sentidos, un misterio. Crecí en la ciudad y, a pesar de varios intentos por cultivar mis propias verduras y frutas, nunca he sido muy buena para eso.
Sin embargo, crecí rodeada de personas que hacían que pareciera algo muy sencillo. Me encantaba salir de la casa de mi abuela y abuelo en Puerto Rico y recorrer su terreno buscando guineos (bananos o plátanos), naranjas, toronjas, panas, acerolas, cundeamor y toda clase de frutas tropicales. Las que siempre me daban miedo eran las guanábanas. No era solo que no me gustara su sabor. Si caminabas debajo de un árbol y una caía de repente, el susto era enorme. Tal vez por eso soy tan asustadiza.

Nunca vi a mi abuelo o abuela preparar la tierra para aquellos árboles. Sabía que todos los días salían a recoger los frutos y a echarle agua a los árboles, pero eso era todo lo que alcanzaba a notar. Nunca les vi ponerles música a los árboles. Nunca les vi comprar fertilizantes ni hacer nada extraordinario. Simplemente, allí todo crecía. Supongo que tenían buena tierra, como la tierra que Jesús describe en este pasaje.
Para Mateo, todo gira en torno a la tierra
Thomas Long, en su libro Proclaiming the Parables, afirma que el énfasis de Mateo es distinto del de Marcos. La versión de Marcos trata sobre las aventuras del sembrador, mientras que la de Mateo trata sobre las aventuras de los distintos tipos de tierra. Por eso, la pregunta que Mateo nos invita a hacernos es: ¿Qué clase de tierra soy yo?
A Mateo le interesa cómo recibimos la Palabra. Quiere que prestemos atención a la manera en que estamos recibiendo a Jesús y su enseñanza. Long escribe:
«¿Somos buena tierra, es decir, discípulos sabios que escuchan las palabras de Jesús y las ponen en práctica, o somos mala tierra, es decir, discípulos insensatos que permanecen cerrados a su enseñanza?»
¿Qué hacemos nosotros y nosotras, como tierra, con aquello que Dios está tratando de hacer crecer?
Desde nuestra comprensión reformada, el Sembrador esparce la Palabra de Dios, el Espíritu hace crecer la fe, y la fe produce el fruto de una nueva manera de vivir.

Muchas corrientes del cristianismo definen la fe como creer en cosas difíciles. Nos dicen que la fe significa tener absoluta certeza y que una fe fructífera nunca duda.
Pero existe otra manera de comprender la fe.
Hace poco leía a Shirley C. Guthrie, quien nos recuerda que la fe es algo mucho más rico. La fe es confiar en Dios.

Guthrie afirma que la fe es confianza, no simplemente creencia. No consiste únicamente en aceptar que Dios existe o en estar de acuerdo con una lista de doctrinas. Incluso un conocimiento teológico correcto no es fe, a menos que nos lleve a confiar nuestra vida a Dios.
La fe es un don de Dios antes de ser un logro humano. No la producimos mediante nuestra fuerza de voluntad. El Espíritu Santo la despierta y la sostiene.
La fe es un compromiso personal. Tener fe es poner nuestra vida en las manos de Jesucristo; es descansar en la gracia de Dios y no en nuestra propia bondad, nuestras certezas o nuestros logros.
La fe siempre da fruto en acciones. La fe genuina transforma nuestra manera de vivir. Nos conduce a la obediencia, al amor al prójimo, a la justicia, a la esperanza y a participar en la obra de Dios en el mundo. Una fe que permanece únicamente en el plano intelectual está incompleta.
Y la fe convive con las preguntas. Guthrie, siguiendo la tradición reformada, nos recuerda que la fe no es la ausencia de dudas. Muchas veces, las personas cristianas confían en Dios precisamente cuando no pueden verlo todo con claridad.
La fe no consiste, ante todo, en tener todas las respuestas correctas. La fe consiste en confiarnos al Dios que hemos conocido en Jesucristo. Es entonces cuando nos convertimos en buena tierra.
Y precisamente de eso nos advierte Jesús en Mateo. La mala tierra puede perder una fe confiada de inmediato. La mala tierra puede mantener una fe confiada solo mientras la vida es fácil. La mala tierra puede conservar una fe confiada hasta que la ansiedad grita más fuerte que la confianza.
Pero la buena tierra —o la tierra que poco a poco va haciéndose buena— es aquella que sigue aprendiendo a confiar. Continúa confiando y, con el tiempo, da fruto, incluso cuando parece que nadie la está cuidando, porque confía en que Dios sigue obrando, cuidándola y alimentándola con su amor constante.
Una fe que da fruto
Sigue siendo un misterio para mí cómo la cosecha de mi abuelito y abuelita era tan abundante. Pero creo y confío en que estaba siendo cuidada, incluso cuando yo no estaba allí. Y siguió creciendo aun después de que él y ella ya no pudieron atenderla.
Cuando pienso en la fe y en sus frutos, no puedo evitar establecer algunas conexiones, y quiero invitarles a hacerlas conmigo.

Los guineos (bananos o plátanos) me recuerdan la confianza porque siempre están ahí. Incluso después de los huracanes siguen creciendo. La fe siembra confianza cuando el mundo nos enseña a vivir con miedo.

Las naranjas me recuerdan la esperanza. Su color brillante parece anunciar que el gozo está por llegar. Son un fruto tan práctico: no solo alimentan, sino que también refrescan. La fe siembra esperanza cuando la desesperanza parece el camino más fácil.

Las toronjas me recuerdan el valor. No siempre son dulces. A veces nos sorprenden con su acidez. El valor también es así. La fe siembra valentía cuando preferiríamos escondernos. No promete una vida fácil, pero nos da fuerzas para enfrentar sus dificultades.

La pana me recuerda la generosidad. Un solo árbol podía alimentar a toda una familia, y su fruto es tan versátil que con él puede prepararse un banquete entero. La fe siembra generosidad en un mundo que constantemente nos habla de escasez.

Las acerolas me recuerdan la misericordia. Tal vez sean pequeñas, pero están llenas de vida y de alimento. La misericordia muchas veces llega en gestos sencillos: una palabra amable, un acto de ternura, un corazón dispuesto a perdonar. Esos pequeños gestos terminan convirtiéndose en dones de sanidad para otras personas. La fe siembra misericordia donde el resentimiento había echado raíces.

Y el cundeamor me recuerda el amor. Su nombre parece decirnos literalmente que «abunda el amor». Me encantaba recogerlos y comerlos porque, a pesar de lo que muchas personas imaginan, no son amargos en absoluto. La fe siembra esa clase de amor: un amor que a algunas personas puede parecerles extraño o incluso inesperado, pero que en realidad es dulce porque sana al mundo. Es el amor sacrificial, incondicional, costoso y vivificador de Cristo.
El Sembrador esparce la Palabra de Dios.
El Espíritu hace crecer la fe.
Y la fe hace crecer un huerto donde el mundo puede saborear la bondad de Dios.
Así que sean buena tierra.
Sean sembradores generosos.
Y continúen cultivando una cosecha de fe.





Comentarios