Detectives del reino
- Marissa Galvan

- hace 9 minutos
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La Anciana gobernante Sara Babcock predicó este sermón el 26 de julio de 2026, en la Iglesia Presbiteriana Beechmont. El sermón fue sobre Mateo 13:31-33, 44-52.
Señor, que las palabras de mi boca y la meditación de todos nuestros corazones te sean gratas, roca nuestra y redentor nuestro. Amén.

Hoy vamos a ser detectives.
Nuestra tarea esta mañana es usar las pistas que Jesús nos dio en la lectura del Evangelio —cinco parábolas breves pero reveladoras— para tratar de aprender todo lo posible acerca del Reino de Dios. Esto es lo que sabemos hasta ahora: Jesús, Hijo de Dios, vino a la Tierra, murió y vendrá de nuevo. Mientras estuvo en la Tierra, enseñó cómo quiere Dios que vivan las personas, tanto por medio de sus enseñanzas públicas, como el Sermón del Monte, como mediante sus acciones de sanación, exorcismo e inclusión.
Me gusta lo que dijo la Pastora Marissa en su correo electrónico sobre el culto de esta semana:
«El Reino de Dios no es simplemente un lugar al que vamos después de la muerte ni otro nombre para el cielo. Es el reinado activo de Dios que irrumpe en el mundo por medio de Jesucristo, trayendo reconciliación, justicia, paz, sanación y la renovación de toda la creación. Es tanto una realidad presente como una esperanza futura».
En estas historias buscamos pistas de algo que siempre ha estado sucediendo, pero quizá también pistas acerca de cómo debemos vivir o a qué debemos prestar atención en el futuro.
A estas alturas del relato de Mateo, Jesús ya lleva algún tiempo enseñando: ya ha pronunciado el Sermón del Monte e incluso ha contado algunas parábolas desde entonces. Jesús enseña con frecuencia a quienes le siguen por medio de estas historias breves, conocidas como parábolas, para ilustrar mejor las realidades y las promesas de una vida caminando con Dios. Sin embargo, a diferencia de otras fuentes de información a las que podríamos acudir, como un artículo de Wikipedia o un libro de no ficción, o de relatos que transmiten una lección, como «La liebre y la tortuga», las parábolas no siempre ofrecen una respuesta directa ni una senda moral claramente definida. La teóloga Wendy Farley describe las parábolas como «criaturas espirituales» que «nos enredan en la mente de Cristo, donde nada tiene sentido y, aun así, su presencia nos consuela».
Si esto les parece confuso, no son las únicas personas que se sienten así. En una parte de Mateo 13 que no leímos esta mañana, cuando Jesús deja atrás sus enseñanzas públicas y va a comer con sus discípulos, ellos mismos le piden que les explique la parábola que acaba de contarle a la multitud. Se trata de personas que, suponemos, han escuchado las enseñanzas de Jesús una y otra vez mientras viajan de un lugar a otro, y aun ellas siguen haciendo preguntas para entender mejor las parábolas.
Así que, cuando digo que esta mañana vamos a ser detectives, me temo que no tendremos la conclusión satisfactoria de los últimos tres minutos de un episodio de «Scooby-Doo», ni el discurso final de una historia de Sherlock Holmes que dice: «Así fue como lo hiciste y así fue como lo descubrí». Pero nuestro trabajo detectivesco sí puede ayudarnos a formular buenas preguntas, a ejercitar nuestra capacidad de asombro y nuestra curiosidad, y a preguntarnos cómo podría estar hablándonos Dios esta mañana por medio de estas parábolas. ¿Están listos?
Para comenzar, el Reino de Dios es semejante a una semilla de mostaza. Esto quizá les resulte familiar a algunas personas; la parábola de la semilla de mostaza es uno de los «grandes éxitos» del canon cristiano. ¡Tan pequeña! ¡Tan poderosa!
Es cierto que las semillas de mostaza son increíblemente pequeñas. Pero vaya que crecen. Las multitudes a las que Jesús enseñaba, como habitantes de Palestina en el primer siglo, conocerían la mostaza como una planta potencialmente invasora que algunas personas estudiosas han comparado con la enredadera kudzu del sur de Estados Unidos. Hace poco escuché que describían al kudzu como «la enredadera que se comió al Sur». Traída desde Asia en el siglo XIX, es casi imposible mantenerla bajo control y, una vez establecida, asfixia a cualquier otra planta que se encuentre a su alrededor. Quienes viven en Louisville sin duda la han visto.
Así que las semillas de mostaza comienzan siendo diminutas y luego crecen hasta llegar a ocupar potencialmente todo lo que hay en una zona; y así es el Reino de Dios. Una cosa que, a mi entender, esto significa es que el reinado de Dios comienza de manera pequeña. Cuando se planta una semilla, pasa cierto tiempo antes de que brote y aún más antes de que se parezca a la planta que aparece en el paquete. Quienes seguimos a Jesús y tratamos de comprender el Reino de Dios quizá tengamos que mostrar la misma paciencia que quienes cultivan un jardín mientras esperan que crezcan sus plantas. Este trabajo, esta manera de vivir, no se hará visible de la noche a la mañana. Pero, así como una semilla almacena energía y echa raíces antes de brotar, podemos confiar en que el Reino de Dios está obrando y que crecerá y nos llenará de alegría ante nuestros propios ojos, si somos capaces de confiar, esperar y mantenernos atentos.
Y hablando de cosas diminutas…
Nuestra siguiente parábola trata acerca de la levadura, el organismo vivo que hace crecer el pan. Jesús le dice a la multitud que el Reino de Dios es semejante a la levadura que una mujer incorpora a la masa mientras la amasa para hacer que el pan crezca.
La levadura, como la semilla de mostaza, es pequeña. Si alguna vez han horneado pan o han visto el proceso, saben que hay que alimentar la levadura y luego incorporarla a la masa amasándola, para que pueda hacer su trabajo y producir un pan esponjoso y bien levantado. Y, como señala la biblista Anna Case-Winters, la palabra que la NRSV traduce como «mezcló» se acerca más a «escondió» u «ocultó»; es decir, la levadura queda «escondida dentro» de la harina.
Creo que esta es una distinción importante que nos ayuda a comprender cómo es el Reino de Dios. La levadura comparte con la semilla de mostaza el hecho de ser físicamente pequeña y, sin embargo, tener un impacto enorme; pero el texto describe explícitamente la levadura como algo «escondido» dentro de la harina. Por lo tanto, la obra del Reino no siempre está a plena vista, aunque su impacto sea evidente.
También es importante señalar que, mientras la semilla de mostaza más o menos se arroja a la tierra y luego crece, la levadura necesita manos humanas para alcanzar todo su potencial. Para que la levadura se distribuya de manera uniforme y produzca una muy buena hogaza de pan, hay que amasar. Es un trabajo duro y, como indica la parábola, en tiempos de Jesús era una tarea que con frecuencia recaía en las mujeres. En un reino o imperio tradicional, como Roma o, digamos, Estados Unidos, la labor del Estado generalmente —al menos en teoría— se desarrolla en la esfera pública: incluye discursos políticos, guerras o comercio. Sin embargo, en esta visión del Reino de Dios, Jesús compara su obra con una tarea doméstica de servicio.
La levadura realiza su trabajo lejos de los salones de la gente poderosa, pero está al alcance de cualquiera que quiera dedicar el tiempo y el esfuerzo necesarios para amasar una muy buena hogaza de pan. Y quienes realizan este trabajo son personas comunes, a quienes no se les ofrecen las mismas oportunidades que tienen reyes o políticos para darle forma a su mundo.
Muy bien, detectives, ¿qué pistas hemos descubierto hasta ahora acerca del Reino de Dios? Se encuentra en las semillas y partículas más pequeñas de nuestro mundo, pero puede crecer hasta alcanzar una magnitud y un impacto sorprendentes. Quizá tengamos que ser pacientes para ver la obra que está realizando. Al principio podría permanecer oculto. Es obra de personas comunes. Y, como sucede al amasar el pan, hacen falta nuestras propias manos y nuestro esfuerzo para llevarlo a su plena realización.
Las dos parábolas siguientes ofrecen una visión muy diferente del Reino de Dios. En la parábola del tesoro, el Reino de Dios es semejante a un tesoro encontrado en un campo, tan extraordinario que quien lo encuentra vuelve a enterrarlo y luego gasta todo su dinero para comprar el terreno donde está el tesoro. En la parábola del mercader de perlas, el Reino de Dios es un mercader que, al encontrar una perla verdaderamente excepcional, vende todas sus demás perlas para comprar —y suponemos que conservar— esa única perla. Un comportamiento totalmente normal.
El biblista Douglas R. A. Hare sugiere que, mientras las dos primeras parábolas arrojan luz sobre la naturaleza del Reino de Dios, estas dos destacan más bien la respuesta humana al Reino. Las pistas que encontramos aquí no solo nos dicen cómo podría ser el Reino, sino también cómo debe actuar la gente fiel dentro de esta realidad.
Con esto en mente, volvamos a la persona que encuentra el tesoro. No sabemos mucho acerca de su identidad; solo sabemos que, al parecer, se encuentra por casualidad con un tesoro semejante al Reino de Dios: un tesoro realmente extraordinario. Reconoce el valor del tesoro hasta tal punto que está dispuesta a vender todo lo demás que posee para conservarlo cerca.
Pero esto es lo que me resulta curioso acerca de esta parábola: el tesoro permanece enterrado. La persona que lo encuentra lo conserva cerca, está dispuesta a sacrificarse por él y ¿después regresa a su vida normal? No se sube a los tejados para anunciar a gritos su fabuloso tesoro nuevo. Tampoco lo exhibe como una atracción al borde de la carretera ni invita a la gente a venir a verlo. No lo vende ni parece hacer nada para obtener una ganancia económica de su inversión en el tesoro. Entonces, ¿qué sentido tenía? ¿Y qué significa esto acerca del Reino de los Cielos? ¿Qué pistas encontramos aquí?
Quisiera sugerir que una de las cosas que esta parábola nos muestra es la importancia del discernimiento: de saber qué es importante para nosotros o para nuestra comunidad. ¿Cuántas otras personas podrían haber pasado junto al tesoro sin descubrirlo? ¿O sin reconocer su valor? Quien encuentra el tesoro comprende su importancia y actúa de inmediato, pero ¿cómo lo supo?
Discernimiento es, básicamente, una palabra sofisticada para hablar de comprender las opciones que tenemos y elegir entre ellas. Se trata de saber quiénes somos y qué necesitamos, y luego tomar decisiones de acuerdo con ese conocimiento. En los espacios cristianos, discernir también significa tratar de comprender lo que Dios está haciendo con nosotros, con la iglesia y en el mundo. Creo que la parábola del tesoro nos dice, en parte, que comprender el Reino de Dios implica discernir qué es valioso para nosotros y luego elegir, cada día, mantenerlo a salvo.
El tesoro es una pista acerca del Reino de Dios porque nosotros, como quienes lo encuentran, lo reconocemos y organizamos nuestra vida a su alrededor. Cuando prestamos atención a la influencia de Dios en el mundo y buscamos conocer —o encontrar— el Reino de Dios, aprendemos cómo ser seguidores de Cristo y nos aferramos a estas enseñanzas como quien encuentra el tesoro se aferra a él.
La parábola del mercader de perlas también tiene que ver con el valor material y con saber en qué vale la pena invertir. Pero, a diferencia de la parábola del tesoro, Jesús nos dice que el Reino de Dios es semejante al mercader: a la persona, no al objeto. ¿De qué manera se parece el Reino de Dios a un mercader de perlas? ¿Y quién, o qué, es la perla?
Al igual que quien encuentra el tesoro, el mercader de perlas vende todo lo que tiene para comprar un solo objeto verdaderamente excepcional, lo cual —hay que decirlo— lo convierte en un mercader bastante malo. Se supone que los mercaderes deben tener, ya saben, inventario, cosas que vender. Quienes comercian con un producto específico, como las perlas, incluso dedican mucho tiempo a conocerlo. Para mantenerse en el negocio, tienen que dominar las formas, los colores y los valores de toda clase de perlas.
Esa es una pista, detectives: si el Reino de Dios tiene algo que ver con un mercader, significa que el Reino sabe qué está buscando y cuál es su propósito. Esto me hace pensar en otras cosas que dice Jesús acerca de ser pescadores de personas o pastores.
Estas dos parábolas nos dicen algo acerca de cómo obra el Reino y cómo podemos relacionarnos con él: como quien encuentra el tesoro, vemos y reconocemos el valor y la importancia del Reino de Dios; y, como el mercader de perlas, el Reino de Dios también reconoce lo singular y maravilloso que hay en nosotros.
En la última parábola de este texto, el Reino de Dios es semejante a una red. Y no una pequeña red para mariposas con la que quizá se pesquen uno o dos peces. Las redes de arrastre del mundo antiguo eran grandes estructuras que atrapaban, como dice el texto, absolutamente todo lo que encontraban a su paso. Y, como sucede en la parábola de la cizaña que la Pastora Ale comentó con nosotros la semana pasada, Jesús continúa describiendo cómo algunos peces son devueltos al agua. Pero nuestra tarea de hoy es comprender mejor el Reino de Dios, y en esta parábola el Reino es la red, no quienes devuelven los peces. ¿Qué pistas nos ofrece esta red?
Jesús deja claro que el Reino, como la red, atrapa peces de toda clase, lo cual me parece una pista bastante importante de que el Reino de Dios está abierto a todas las personas. Y, francamente, eso me cuesta. Porque aquí estamos, realizando todo este trabajo detectivesco, escuchando con atención y leyendo entre líneas estas parábolas, ¿solo para descubrir que probablemente otras personas también están quedando atrapadas en la red? ¿Y se supone que eso es precisamente lo que debe suceder?
Hemos hecho todo este trabajo: tuvimos paciencia, como nos enseñó la semilla de mostaza; vimos la levadura escondida; reconocimos el valor del tesoro; y resolvimos el acertijo de que el Reino era el mercader y no la perla —la verdad es que me siento bastante orgullosa de esa—. ¿Y ahora descubrimos que quizá nada de ese trabajo era tan importante como hacer espacio para toda clase de peces, quiero decir, de personas?
Bueno… ya les advertí que este final quizá no sería muy satisfactorio. Porque sí, en realidad creo que eso es exactamente lo que Jesús nos está diciendo aquí. Si hemos estado aprendiendo acerca del Reino de Dios para poder participar mejor en su obra «en la tierra como en el cielo», entonces ese aprendizaje está, sin duda alguna, al servicio de recibir a personas de toda clase. Esta mañana hemos sido detectives, pero no para presumir de saber más que otras personas ni para separarnos de quienes quizá no tengan el tiempo o la capacidad de descifrar todo esto.
No. Somos detectives porque parte de nuestro llamado al Reino de Dios consiste en aprender a hacer lugar para todas las demás personas. Ese es el proyecto. Y para llevarlo a cabo necesitaremos todo lo que hemos aprendido, todas las pistas que hemos reunido: la paciencia y la fe para confiar en que hay cosas sucediendo bajo la superficie; la capacidad de reconocer la importancia de lo que está oculto; el discernimiento para saber qué es importante; la confianza que nace de saber que fuimos escogidos; y, en última instancia, la sabiduría y la humildad necesarias para hacer espacio para otras personas.
Demos gracias a Dios.





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