¿Cómo vive la iglesia en el campo de Dios?
- Marissa Galvan

- hace 23 horas
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La Rvda. Alexandra Zareth predicó este sermón el 19 de julio de 2026, en la Iglesia Presbiteriana Beechmont. El sermón fue sobre Mateo 13:24–30, 36–43.

Cuando escuchamos la parábola del trigo y la cizaña, muchas personas se quedan inmediatamente con las imágenes más impactantes: el fuego, el juicio y el llanto y crujir de dientes. Son imágenes poderosas y, para algunas personas, pueden despertar heridas causadas por la forma en que ciertos textos bíblicos han sido utilizados. Otras escuchan la cizaña, el trigo o al enemigo. Y otras simplemente experimentan confusión.
Antes de decidir qué significa esta parábola, vale la pena detenernos a observar lo que Jesús realmente dice… y también lo que no dice.
Uno de los detalles más sorprendentes es que Jesús nunca les pide a los siervos que identifiquen quién es trigo y quién es cizaña. Esa es precisamente la respuesta que ellos desean obtener. Sin embargo, Jesús nunca les asigna esa tarea. Nunca les pide que se conviertan en botánicos ni en jueces.
Son los siervos quienes hacen las preguntas. Son ellos quienes buscan certeza, claridad y una solución inmediata. El dueño del campo, en cambio, nunca actúa desde la ansiedad.
Jesús tampoco niega la existencia del mal. La cizaña existe. El mal existe. El dolor y la injusticia existen. Este no es un evangelio ingenuo. Sin embargo, aunque reconoce la realidad del mal, Jesús no entrega a los seres humanos la responsabilidad de realizar la separación definitiva. Esa tarea pertenece a Dios.
Las instrucciones son sorprendentemente sencillas:
«Dejen que ambos crezcan juntos».
No para siempre. No porque el mal sea aceptable. Sino porque debajo de la superficie está ocurriendo mucho más de lo que podemos ver.
A lo largo de la historia, numerosas personas cristianas han reflexionado sobre esta parábola.
Juan Crisóstomo observó que la cizaña de hoy puede convertirse en el creyente de mañana. Incluso sugirió que, si Pablo hubiera sido arrancado demasiado pronto, la Iglesia habría perdido a uno de sus más grandes apóstoles.
San Agustín recordó que la Iglesia siempre ha sido una mezcla de personas imperfectas. Su santidad no depende de la perfección de sus miembros, sino de la presencia de Cristo en medio de ella.
Gregorio Magno señaló que incluso las personas difíciles pueden convertirse en instrumentos mediante los cuales Dios cultiva nuestra paciencia y nuestro carácter.
Juliana de Norwich nos dejó una palabra de esperanza al afirmar que «todo estará bien», porque Dios aún no ha terminado su obra.
Martín Lutero entendía esta parábola desde la tensión del «ya, pero todavía no»: el Reino de Dios ya ha comenzado, pero la redención aún no ha llegado a su plenitud.
Juan Calvino invitó a la Iglesia a vivir con humildad, reconociendo que no todas las imperfecciones pueden corregirse de inmediato.
Teresa de Ávila, por su parte, nos recuerda que nuestra principal tarea no consiste en administrar el alma de los demás, sino en regresar constantemente a Cristo y permitir que él transforme nuestro corazón.
Después de casi dos mil años, quizás esta parábola nos invita a cambiar de pregunta. En lugar de preguntarnos: «¿Quién es trigo y quién es cizaña?», podríamos preguntarnos:
¿En quién me estoy convirtiendo mientras permanezco en este campo?
Esa pregunta cambia nuestra perspectiva.
Nos invita a dejar de concentrarnos en juzgar a los demás para prestar atención a la obra que Dios está realizando en nosotros.
Mientras nuestra congregación se prepara para la Escuela Bíblica de Vacaciones, esta enseñanza cobra un significado especial. Habrá decoraciones, manualidades, música, horarios y meriendas. Algo no saldrá como esperamos. Alguien derramará el jugo. Alguien olvidará los pegamentos. Alguien no podrá asistir.
Y entonces nuestro corazón ansioso comenzará a susurrarnos: «Todo tiene que salir perfecto».
Pero el evangelio responde con ternura:
No.
Nuestra vocación no es la perfección.
Nuestra vocación es la fidelidad.
Semana tras semana, la Iglesia se reúne para ayudarnos a recordar esa diferencia. Adoramos porque olvidamos. Olvidamos qué le corresponde a Dios y qué nos corresponde a nosotros. La adoración nos recuerda que estamos llamados a cuidar fielmente la pequeña parcela del campo que Dios nos ha confiado, mientras dejamos la cosecha en manos del Jardinero.
Que el Espíritu Santo nos conceda la sabiduría para distinguir entre la labor que nos corresponde y la que pertenece únicamente a Dios. Que podamos cuidar con fidelidad el campo que se nos ha confiado, soltar toda cosecha que nunca se nos pidió administrar y confiar siempre en el Jardinero, cuya paciencia es mucho mayor que nuestros temores.





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