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Hospitalidad con un vaso de agua fría

  • Foto del escritor: Marissa Galvan
    Marissa Galvan
  • hace 4 días
  • 6 min de lectura

Este sermón fue predicado el 27 de junio de 2028 en Beechmont Presbyterian Church, basado en Mateo 10:40–42. En este pasaje, Jesús nos enseña que recibir y dar la bienvenida a otras personas también es una manera de recibirle a él. Esta reflexión explora el llamado a la hospitalidad, el desafío de amar a la persona desconocida y la posibilidad sagrada de que Cristo muchas veces sale a nuestro encuentro en quienes menos esperamos.


La Bella y la Bestia

El otro día estaba viendo La Bella y la Bestia otra vez con mi mamá. Si recuerdan la historia, la razón por la cual la Bestia se convierte en Bestia es porque el príncipe le niega refugio a una anciana que busca resguardarse de una tormenta. Y, ojo, ella no quiere quedarse gratis. Ofrece una sola rosa a cambio de hospedaje.



Pero el príncipe mira a esta desconocida y de inmediato comienza a hacer suposiciones sobre ella.


Es vieja.

Es pobre.

Es fea.

Ella no vale el tiempo que él pueda invertir en ella.


Así que la rechaza.


Y quizá recuerdan el resto de la historia. Ella es una hechicera. Lanza una maldición sobre él y sobre todas las personas en su castillo. Le dice: «Hasta que encuentres a alguien que te ame tal como eres, permanecerás para siempre como una bestia». Luego desaparece, y él cae en la desesperación, porque ¿quién podría amar a una bestia?


Muchas veces se nos ha enseñado que esta historia trata de reconocer la verdadera belleza.


Pero, ¿qué pasaría si miramos esta historia para aprender algo sobre la hospitalidad?


¿Qué es la hospitalidad?

Cuando escuchamos la palabra hospitalidad, quizá pensamos en recibir visitas, compartir una comida, en los hoteles o invitar amistades a casa. Todas esas son cosas buenas. ¿Compartir un vaso de agua fría? También es algo muy bueno.


Después de todo, la hospitalidad se encarna en acciones concretas. Tiene que ser práctica y tangible.


Pero la Biblia nos lleva más allá.


La palabra bíblica para hospitalidad significa amor hacia la persona desconocida, amor hacia la extranjera, o amor hacia quien está fuera del círculo.


Así que esto no se trata solamente de recibir a un familiar en casa o invitar a una amistad a tomar café. Se trata de amar a las personas desconocidas.


Significa preguntarnos mientras seguimos en el camino de la vida:

  • ¿Cómo trato a quienes son diferentes de mí o me resultan desconocidos?

  • ¿Cómo trato a la persona inmigrante? ¿A quien acaba de llegar? ¿A quien incomoda? ¿A quien es vulnerable?


Las Escrituras nos invitan una y otra vez a amar, recibir y cuidar a la persona desconocida. No hay duda sobre eso. Podemos encontrar este lenguaje en 1 Timoteo 3:2, Tito 1:8 y 1 Pedro 4:9.


Pero, ¿saben dónde no aparece específicamente esa palabra?


En Mateo 10.


Mateo 10 no utiliza la palabra griega para hospitalidad.


Recíbeme a mí

En cambio, Mateo usa repetidamente el lenguaje de recibir y dar la bienvenida. «Quien les recibe a ustedes, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me envió».


Jesús está hablando con sus discípulos y les dice que son sus representantes en el mundo. Por lo tanto, recibir a un discípulo o dar un vaso de agua a uno de estos pequeños es lo mismo que recibir a Jesús.


Como escribe Bonnie Pattison en su comentario, extender hospitalidad a una persona seguidora de Cristo tiene un significado profundo porque, en última instancia, Dios es quien recibe ese acto. Y Dios y Jesús no son desconocidos para los discípulos, ¿verdad?


Tampoco lo son para nosotros y nosotras.


Conocemos a Jesús.


O por lo menos creemos conocerlo.


Cristo en la persona desconocida

Mientras pienso en el príncipe y la anciana, me doy cuenta de que el príncipe cree que ella no es una desconocida para él. Piensa que ya ha visto a personas como ella antes. Solo otra persona pobre pidiendo ayuda afuera del castillo.


Él asume que la conoce.


Y porque asume que la conoce, la descarta.


Pero entonces ella lo sorprende...


Y Jesús también puede sorprendernos.


Él está en los pequeñitos que tienen sed.

Aparece en la persona pobre en la calle.

Se manifiesta en la persona vulnerable en crisis.

Viene en el rostro de alguien que tiene necesidad.


A veces Cristo viene escondido en la persona desconocida. Y amar a la persona desconocida es precisamente de lo que trata la hospitalidad.


Se nos llama a dejar de asumir. Se nos llama a resistir la tentación de juzgar.


Se nos llama a ofrecer un vaso de agua fría a la persona que creemos entender ya, porque esa persona desconocida podría ser precisamente el lugar donde Cristo viene a recibirnos y a llamarnos a recibir a otras personas.


Un vaso de agua fría

Entonces, ¿significa esto que debemos vivir atentos y atentas a Jesús?


Sí. Claro que sí.


La hospitalidad es un trabajo difícil, porque la hospitalidad no consiste simplemente en ser amables o educados. La hospitalidad es trabajo del reino.


Pattison señala que Jesús menciona específicamente un vaso de agua fría. ¿Por qué tan específico?


Porque Jesús está señalando una hospitalidad que va más allá de lo mínimo.


Ofrecer agua fría requería sacar agua de un pozo profundo y muchas veces cargarla cuesta arriba en una vasija pesada hasta la casa familiar. El agua fría no se obtenía sin esfuerzo.



Requería trabajo. Requería sacrificio.


Ofrecer un vaso de agua fría a una persona creyente común era un acto generoso, uno que podía significar otro largo viaje al pozo.


Las palabras de Jesús revelan que ningún acto de servicio o sacrificio personal hacia «los más pequeños de estos», que pertenecen a Cristo, pasa desapercibido ante Dios.


En el documento Practicing Hospitality: An Essential Practices Study (Practiquemos la hospitalidad: un estudio sobre las prácticas esenciales), se nos recuerda que la hospitalidad no es simplemente un gesto bonito.


Es un acto necesario de reconciliación.


La hospitalidad resiste las divisiones que el pecado crea:

  • miedo

  • exclusión

  • racismo

  • indiferencia

  • separación

  • juicio


Se atreve a seguir subiendo y bajando la colina si eso significa ayudar a crear un lugar donde todas las personas sientan que pertenecen, donde todas importan y donde haya refugio en medio de la tormenta.


Cada acto de hospitalidad resiste el quebrantamiento y las bestias de este mundo.


Cada vaso de agua fría se convierte en un silencioso acto de reconciliación.


Y en un mundo moldeado por la indiferencia e incluso el rechazo, Jesús nos mira y nos dice: «Quien recibe a otras personas, me recibe a mí».


Y somos llamados y llamadas, en actos grandes y pequeños, a practicar hospitalidad con todas las personas.


El poder de lo pequeño

El llamado a la hospitalidad puede sentirse desafiante, igual que otras cosas que Jesús dice en Mateo 10.


Podemos pensar que necesitamos poder para practicar la hospitalidad.


Podemos pensar que necesitamos recursos, influencia o el momento perfecto.


Pero Dios llama a cada discípulo y discípula a recibir a otras personas.


Cada uno y cada una recibe el llamado a prestar atención a Jesús, porque podríamos tener la oportunidad de recibirle sin siquiera saberlo.


Sherry Deets, en su sermón “Even a Cup of Cold Water” (Aún un vaso de agua fría), señala que quien ofrece el vaso de agua no necesariamente es un discípulo. Puede ser simplemente alguien que honra la enseñanza de los discípulos mediante un pequeño acto de bondad.


Ella escribe:

«La misión divina depende tanto de las personas sin nombre que ofrecen agua fría a un siervo sediento como de los nombres conocidos que llenan las páginas de la historia de la iglesia».

En otras palabras, la hospitalidad no siempre parece heroica.


Incluso ofrecer un vaso de agua fría cuenta.


Recuerden: un príncipe tuvo la oportunidad de ofrecer refugio a una anciana necesitada.


Incluso un pequeño acto de bondad —incluso un vaso de agua— podría haberlo cambiado todo.


Pero él creyó conocer a la desconocida que tenía delante.


No reconoció el llamado frente a él:

  • el llamado a la generosidad,

  • al amor,

  • y a la gracia.


Y yo creo que cada día alguien se presenta a nuestras puertas con ese mismo llamado.


Una persona desconocida.

Alguien recién llegado.

Alguien con sed.


Y a través de cada interrupción, cada necesidad, cada llamada a la puerta, Jesús todavía nos pregunta: ¿Les darás la bienvenida?


Recordemos siempre que al recibir a la persona desconocida, quizá descubramos que estamos recibiendo a Cristo mismo. Y al hacerlo… llegaremos a conocerle mejor.


Amén.

 
 
 

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