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¿UNA GRACIA LIGERA Y FÁCIL?

  • Foto del escritor: Marissa Galvan
    Marissa Galvan
  • hace 2 días
  • 6 min de lectura

Este sermón fue predicado por la pastora Marissa el 5 de julio de 2026, en la Iglesia Presbiteriana Beechmont. El sermón fue sobre Mateo 11:16-19, 25-30.


La gracia barata y la gracia costosa

La palabra clave del sermón de hoy es gracia. Es una de mis palabras favoritas porque expresa la manera en que Dios se relaciona con toda la creación. Si dedicamos tiempo a comprenderla en toda su profundidad, entenderemos mejor la inmensa gratitud que la creación debería sentir hacia Dios.


Recuerdo haber trabajado en un currículo titulado Crecemos en gracia y gratitud. Uno de nuestros mayores desafíos era explicar la gracia a las niñas y los niños. Nuestro ensayo base decía lo siguiente:


«Dios es quien crea por amor; nos ama incluso cuando nos apartamos de Dios y del camino de Dios en el mundo; obra el perdón de nuestro pecado; se revela en la persona de Jesucristo; y continúa sosteniéndonos y dándonos fortaleza por medio del poder del Espíritu Santo. Todo esto es un don gratuito para su pueblo: no podemos ganarlo ni retribuirlo».

Pero son muchas palabras.


Creo que la frase a la que finalmente llegamos fue: La gracia es un amor más grande de lo que podemos imaginar.


Y es verdad.


La gracia es un amor inmerecido. Es recibir bondad cuando podríamos esperar exactamente lo contrario. Es más grande que nosotros y nosotras porque perdona nuestros errores y nos da esperanza para el futuro. Además, la gracia es un regalo cotidiano, porque cada día necesitamos ese amor para ayudarnos a llegar a ser la mejor versión de quienes somos.


Dietrich Bonhoeffer habló de manera memorable acerca de la gracia barata y la gracia costosa. La gracia barata, dice Bonhoeffer, es la gracia sin discipulado: el perdón sin arrepentimiento, la fe sin transformación y la religión sin una entrega genuina a Cristo. Es la tentación de aceptar la misericordia de Dios mientras se resiste el llamado de Dios a cambiar.


La gracia costosa, en cambio, es la gracia que nos llama a seguir a Jesús con toda nuestra vida. Es costosa porque exige sacrificio, arrepentimiento y obediencia. Sin embargo, sigue siendo gracia porque, por medio de ella, descubrimos la verdadera vida en Cristo.



Bonhoeffer nos recuerda que la gracia es gratuita, pero no es barata. Le costó a Dios la vida de su Hijo y nos llama a responder con una entrega de todo corazón.


Así que hemos escuchado que la gracia es amor y que la gracia puede ser barata o costosa… pero ¿puede también ser ligera y fácil?


Cuando la gracia pesa

Durante los últimos domingos hemos escuchado a Jesús hablar con sus discípulos acerca de su llamado. Ha sido profundamente sincero. Les ha dicho que serán como ovejas en medio de lobos. Les ha advertido que serán rechazados y perseguidos, y que incluso sus familias podrían experimentar divisiones. Les ha enseñado que el discipulado exige una lealtad suprema a Cristo, por encima de los vínculos terrenales, y que deberán tomar su propia cruz —símbolo de tortura y vergüenza— para seguirle.


Todo esto se relaciona estrechamente con la idea de Bonhoeffer acerca de la gracia costosa: seguir a Jesús tiene un costo porque nos exige todo, pero sigue siendo gracia porque, mediante esa entrega, recibimos la vida en Cristo.


Así, la gracia puede parecer una carga pesada.


Y cuando llegamos al capítulo 11 del Evangelio según Mateo, esa carga no parece hacerse más ligera.


Jesús pronuncia estas palabras sabiendo que Juan está en la cárcel. Comienza con una pregunta retórica: «Pero, ¿a qué compararé esta generación?»


Luego la compara con niños y niñas sentados en la plaza y que se niegan a participar en los juegos. Si escuchan música alegre, no quieren bailar. Si escuchan cantos de duelo, no quieren lamentarse.


Es una generación voluble y caprichosa.


Descartan a Juan porque les parece demasiado austero: «¡Demonio tiene!».


Descartan a Jesús porque les parece demasiado confianzudo y abierto a la gente: «¡He aquí un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores!».


Así que el problema no es el estilo. El problema no es el método. El problema es que no están dispuestos a recibir lo que Dios está haciendo.


Y creo que todavía hoy seguimos luchando con esa misma actitud.


A veces queremos que la fe encaje perfectamente dentro de nuestras preferencias. Queremos que Dios nos hable de maneras que nos hagan sentir en comodidad. Queremos que la gracia esté disponible para las personas que creemos que la merecen. Queremos que la iglesia reciba con los brazos abiertos a quienes se parecen a nosotros y nosotras…, pero no siempre a quienes desafían nuestras convicciones.


Y cuando eso ocurre, la gracia comienza a pesar.


Convertimos la gracia en legalismo.


Transformamos la gracia en reglas, límites, exclusiones y pruebas.


Dan González, en su comentario sobre este pasaje, nos recuerda que los sistemas legalistas colocan cargas aplastantes sobre las personas. Crean expectativas rígidas. Se alimentan del juicio público. Siembran el temor al fracaso.


Entonces la gracia deja de actuar como gracia y comienza a funcionar como castigo.

Como control.

Como exclusión.


Deja de ser amor y se convierte en algo completamente distinto.


Pero la gracia rompe nuestras expectativas. Con frecuencia llega de maneras inesperadas. Y cuando intentamos controlarla, terminamos perdiendo precisamente el regalo que Dios nos ofrece. La gracia no baila al son de nuestras flautas. No depende de nuestro estado de ánimo.


Cuando la gracia es ligera y fácil

Entonces, ¿cuándo se vuelve ligera y fácil la gracia?


Y escuchen bien: no estoy diciendo que «ligera» signifique «barata».


Seguir a Jesús continúa siendo costoso. La gracia sigue siendo gratuita, pero una respuesta auténtica de gratitud nos llama a seguir a Jesús con toda nuestra vida. Esa respuesta continúa implicando sacrificio, arrepentimiento y obediencia.


Pero Jesús dice algo verdaderamente sorprendente: «Mi yugo es fácil y mi carga es ligera».


Dan González nos recuerda que seguir a Jesús es costoso porque nos exige todo; sin embargo, la carga que Jesús nos ofrece es más ligera que la carga del legalismo, del afán de demostrar nuestro valor, de la autoprotección y de la resistencia.


La gracia ligera y fácil es una gracia que no se concede únicamente a una persona, sino a toda una comunidad.


La gracia ligera y fácil comparte las cargas.


La gracia ligera y fácil está definida por el amor, no por las restricciones.


La gracia ligera y fácil ofrece descanso para nuestra alma en lugar de culpa y condena.


Así es como escucho hoy las palabras de Jesús.


Su yugo es fácil y su carga es ligera porque él no la lleva solo. Todo su ministerio está arraigado en la comunidad, y el amor de Dios es su sostén, su seguridad y su fortaleza.


Y nosotros necesitamos aprender de él.


En lugar de crear más restricciones, necesitamos vivir desde la gratitud.


En lugar de levantar muros, necesitamos construir puentes.


En lugar de controlar la gracia, necesitamos recibirla… y compartirla.


Entonces la gracia se vuelve ligera y fácil.


Y la gratitud deja de ser una obligación para convertirse en una celebración.


Una celebración del bienestar.


Una celebración del sentido de pertenencia.


Una celebración del amor.


Amamos porque Dios nos amó primero

Como dije al principio, la gracia es una de mis palabras favoritas.


Me recuerda que Dios me ama.


Me recuerda que no estoy sola.


Me recuerda que las cosas no dependen únicamente de mí, porque hay una Sabiduría mayor que la mía guiando el camino.


Y sigue llamándome, una y otra vez, a la gratitud.


He recibido gracia, y doy gracias.


Hemos recibido gracia, y damos gracias.



El bautismo me recuerda la gracia y la gratitud. Por eso quiero compartir una de mis liturgias bautismales favoritas e invitarles a decirla conmigo como una afirmación de nuestra fe en que la gracia de Dios es amorosa, costosa y, sí, también ligera y fácil cuando confiamos en la promesa que Dios nos hace:


Por ti, pequeñita/o/e,
el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas en la creación,
y el Señor Dios hizo pactos con su pueblo.
Por ti, la Palabra de Dios se hizo carne
y habitó en medio nuestro,
llena de gracia y de verdad.
Por ti, Jesucristo sufrió la muerte,
clamando al final: «¡Consumado es!»
Por ti, Cristo triunfó sobre la muerte,
resucitó a una vida nueva
y ascendió para reinar sobre todo.
Todo esto fue hecho por ti, pequeñito,
aunque todavía no comprendas nada de esto.
Pero continuaremos compartiéndote esta buena noticia
hasta que llegue a ser tuya.
Y así se cumple la promesa del evangelio:
«Nosotros amamos porque Dios nos amó primero».

Amén.

 
 
 

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