¿Quién necesita misericordia?
- Marissa Galvan

- hace 3 días
- 6 min de lectura
Introducción
El domingo 7 de junio de 2026, la Iglesia Presbiteriana Beechmont se reunió para reflexionar sobre las palabras de Jesús: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Mateo 9:9-13). En un mundo frecuentemente marcado por el juicio, la división y la exclusión, este pasaje del Evangelio nos invita a considerar lo que realmente significa vivir con compasión, curiosidad y gracia. Este sermón explora la importancia de hacer preguntas genuinas: no preguntas basadas en la acusación o en un sentido de superioridad, sino preguntas que nos abran al entendimiento, a la sanidad y a relaciones más profundas. Como seguidores y seguidoras de Cristo, somos llamados a examinar cómo la misericordia da forma no solo a nuestra comprensión de Dios, sino también a la manera en que nos relacionamos unas personas con otras.
La importancia de hacer preguntas
Kathleen McManus dice:
«Las preguntas surgen del deseo de conocer, aprender o comprender. Emergen del espíritu inquisitivo, que es distintivamente humano, que nos marca como seres trascendentes hechos para el misterio, creados a imagen de Dios, marcados por el anhelo de conocer a Dios y de ser uno con Dios». (Traducción)
Este anhelo de conocer es importante. Creo que nos acompaña desde el momento en que nacemos.
Algunas personas adultas se frustran cuando las niñas y los niños hacen preguntas que parecen no tener sentido. Sin embargo, hacer preguntas es necesario para nuestro desarrollo como seres humanos. Nos ayuda a formar opiniones, creencias y a tomar decisiones.
Algunas personas dicen que cuando dejamos de hacer preguntas, dejamos de crecer. Y eso puede ser peligroso.
Primo Levi, escritor judío italiano y sobreviviente del Holocausto, escribe sobre esto en sus memorias acerca de la vida en los campos de concentración nazis. En uno de sus libros comparte su reflexión sobre hacer preguntas y cuestionar.

También existen preguntas que en realidad no son preguntas, sino juicios que surgen de la necesidad de imponer nuestras propias creencias sobre otras personas sin abrirnos a una investigación genuina. A veces, lo que parece curiosidad es en realidad una condena disfrazada.
Un autor propone una prueba sencilla: si puedes añadir en silencio las palabras «so canto de idiota» (mi traducción) al final de tu pregunta sin cambiar su significado, entonces probablemente no sea una verdadera pregunta, sino un juicio.
«¿Por qué harías eso, so canto de idiota?» comunica fácilmente acusación en lugar de compasión.
Una pregunta genuina, en cambio, busca comprensión en lugar de victoria. Escucha antes de etiquetar. Da espacio a la historia, el dolor, el miedo y la lucha de la otra persona. Y al hacerlo, nos permite crecer, aprender y comprender más profundamente.
Nos acerca más a Dios y también unas personas a otras.
¿Por qué comen con pecadores?
¿Qué creen que pasaría si aplicáramos esta sencilla prueba a la pregunta que los fariseos hacen en este pasaje?
Es revelador que no se dirijan directamente a Jesús, sino a sus discípulos.
Probemos:«¿Por qué su maestro come con recaudadores de impuestos y pecadores… so canto de idiotas?»
¿Qué revela esto?¿Está su pregunta basada en la compasión o en una curiosidad genuina?
Para Mateo, la respuesta es clara: no.
En el Evangelio, esta no es una pregunta sincera, sino un juicio disfrazado de pregunta. Estos hombres no buscan entender honestamente el ministerio de Jesús, porque ya lo han juzgado.
Según ellos, Jesús está comiendo con recaudadores de impuestos y pecadores. Y ustedes saben quiénes eran los recaudadores de impuestos, ¿verdad? Eran personas despreciadas por explotar a sus propias comunidades. ¿Y quiénes eran considerados «pecadores»? Según la ley religiosa de aquel tiempo, esta categoría incluía a recaudadores de impuestos, personas que no observaban cuidadosamente las leyes de pureza, quienes ejercían profesiones o conductas consideradas moralmente sospechosas, personas que no conocían bien la ley y quienes eran considerados ritualmente impuros debido a enfermedades u otras condiciones.
Por tanto, su pregunta no nace de la compasión ni de la curiosidad, sino de la necesidad de defender su propio sentido de justicia.
Este «maestro» estaba desafiando las etiquetas y fronteras que se usaban para excluir personas y expulsarlas de la comunidad.
Su pregunta, entonces, lleva acusación, superioridad y condena, no curiosidad genuina.
¿Qué es el pecado?
Esta conversación entre Jesús y algunos de los fariseos me llevó a una pregunta más sencilla que la planteada en este pasaje. Entonces me pregunté:¿Qué es el pecado?
Como alguien que ha estudiado filosofía de la religión y teología, puedo decirles que he encontrado muchas definiciones de pecado. Va mucho más allá de simplemente hacer cosas malas. El pecado ha sido descrito como amar las cosas de manera equivocada o en un orden equivocado. También ha sido descrito como cualquier cosa contraria a la caridad; es decir, contraria al amor de Dios y al amor al prójimo.
Otras personas describen el pecado como el rechazo de la humanidad a la gracia de Dios y a la relación de pacto con Dios, o como alienación: una separación de Dios, de otras personas e incluso de nosotras y nosotros mismos.
Mi propia comprensión del pecado, después de años de preguntas y reflexión, es que el pecado es una relación quebrantada con Dios y con otras personas que afecta cada aspecto de la vida humana. Es cualquier cosa que hago, digo o pienso que va en contra del amor ágape de Dios hacia mí, hacia otras personas y hacia la creación.
Cada vez que vivimos de una manera pecaminosa, perdemos parte de nuestra humanidad en esfuerzos inútiles y quedamos atrapados en rebelión, desesperación y aislamiento, como afirma la Confesión de 1967.
Entonces, ¿qué significa esto para nuestra manera de vivir?
Cada vez que mentimos, actuamos por avaricia, recurrimos a la violencia, contribuimos a la injusticia o vivimos egoístamente, participamos en el pecado.
Cada vez que no amamos a Dios y al prójimo de maneras que reflejen el amor abnegado, incondicional y fiel de Dios, participamos en el pecado.
Cada vez que participamos en sistemas de racismo, opresión, explotación de la creación u otras formas de mal social, participamos en el pecado.
Entonces, según estas comprensiones del pecado…¿quiénes son los pecadores?
Todos nosotros, nosotres y nosotras.
El pecado es una condición humana universal.
Toda persona está afectada por el pecado, y nadie es completamente justo aparte de la gracia de Dios.
Y, sin embargo, al comprender esta realidad, también podemos comprender el poder total y abarcador de la gracia de Dios.
El pecado es serio, pero nunca tiene la última palabra.
Dios busca reconciliación, sanidad y restauración por medio de Jesucristo.
Por eso el ministerio de Jesús hacia «recaudadores de impuestos y pecadores» es tan importante en los Evangelios. Jesús no niega la realidad del pecado, pero se acerca a las personas pecadoras con misericordia en lugar de exclusión.
Incluso los fariseos también son pecadores. Ellos creían que compartir la mesa con «recaudadores de impuestos y pecadores» contaminaba la santidad.
Pero Jesús revela que la misericordia, la compasión y la reconciliación están en el corazón mismo de la voluntad de Dios.
¿Quién necesita misericordia?
Entonces, si la voluntad de Dios es compasión y reconciliación, ¿quién necesita la misericordia de Dios?
Todas las personas.
¿Y hacia quiénes Dios nos llama a actuar con misericordia?
Hacia todas las personas.
No hay límites para la misericordia de Dios.
En un mundo donde parece existir una obsesión por determinar quién es puro y quién impuro, quién pertenece y quién no, quién es aceptable y quién amenaza algún imaginario sentido de pureza cristiana, Jesús declara que todas las personas están invitadas a la mesa.
Todas las personas son dignas de aceptación, solidaridad y relación, porque Dios desea misericordia y no sacrificio.
Dios desea amor ágape, no autojusticia legalista.
Dios desea compasión, no condenación.
Dios desea mesas abiertas y acogedoras, no redadas de exclusión.
Dios desea curiosidad genuina que conduzca al entendimiento, no preguntas hechas para
acusar o avergonzar.
Y si esto es verdad, entonces la misericordia no es opcional en la vida cristiana.
Está en el corazón mismo del Evangelio.
¿Cómo vivimos con compasión y curiosidad?
En el libro Falling Upward: A Spirituality for the Two Halves of Life, Richard Rohr escribe sobre la necesidad —especialmente en la segunda mitad de la vida— de «retirar al soldado leal».
El soldado leal es esa parte de nuestro ser que aprendió a sobrevivir teniendo la razón, defendiendo nuestra tribu y trazando fronteras entre nosotros y ellos, entre dignos e indignos, entre justos y pecadores.
Pero las preguntas basadas en la compasión y la curiosidad requieren algo diferente.
Nos exigen dejar atrás esa parte de nuestro ser que cree que nuestro valor proviene de estar siempre en lo correcto, de ser moralmente superiores, espiritualmente seguros o estar separados de «esa gente».
Jesús hizo exactamente eso.
Se negó a aceptar las fronteras que dividían a las personas entre puras e impuras, dignas e indignas.
Comió con recaudadores de impuestos y pecadores.
Invitó a las personas a la mesa.
La voz religiosa leal pregunta:«¿Por qué haces eso… so canto de idiota?»
Pero una pregunta compasiva y curiosa pregunta:«¿Qué dolor podría estar cargando esta persona?» Y una pregunta nacida del amor ágape pregunta:«¿Cómo podemos encarnar el amor de Dios en esta situación?»
Rohr también cita a Gregorio de Nisa, quien nos recuerda que «el pecado ocurre cuando nos negamos a seguir creciendo».
Y el crecimiento no ocurre cuando nos negamos a escuchar.
El crecimiento no ocurre cuando nos alistamos a juzgar y actuar antes de hacer preguntas.
El crecimiento no ocurre cuando nos negamos a imaginar que la misericordia de Dios podría ser más amplia que nuestras expectativas.
El crecimiento ocurre en una mesa más grande.
El crecimiento ocurre cuando preguntamos quién, qué, cuándo, dónde, por qué y cómo.
El crecimiento ocurre cuando renunciamos a nuestras lealtades, a la comodidad social y a la uniformidad, a tradiciones de exclusión y al juicio humano el tiempo suficiente para sentarnos juntas y juntos a la mesa… tal como Jesús lo hizo.





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