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¿Un cristianismo de pastelería?

  • Foto del escritor: Marissa Galvan
    Marissa Galvan
  • hace 3 horas
  • 6 Min. de lectura

Este es el sermón predicado el 8 de febrero de 2026, basado en 1 Corintios 2: 1-16.



Francisco de Asís

En 2013, el papa Francisco eligió visitar el sitio que se cree fue donde Francisco de Asís se despojó de todo: quedó sin herencia, sin estatus, y sin ropa fina. Quería seguir a Jesús, y su comprensión era que hacerlo requería pobreza.


El Papa, que eligió el nombre Francisco precisamente por Francisco de Asís, dijo estas palabras:


«En los últimos días, los periódicos y los medios de comunicación han estado alimentando fantasías. ‘El Papa va a despojar a la Iglesia… ¿de qué?’… ¡Pero todos somos la Iglesia! ¡Todo el mundo!… y todos debemos seguir el camino de Jesús, que él mismo eligió el camino de renunciar… Eligió ser humillado, incluso hasta la Cruz. Y si queremos ser cristianos, no hay otro camino… De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en cristianos de pastelería, diciendo: ¡qué pasteles tan bonitos, qué dulces tan bellos! Realmente hermosos, pero no verdaderamente cristianos». —Papa Francisco, Discurso en Asís, 2013

Al estar pensando en el sermón de hoy, me impactó la frase «cristianos de pastelería». ¿Qué significa eso? Pensé en una versión del cristianismo llena de dulzura y espectáculo. Me recordó a las panaderías que he visitado en Puerto Rico: ¡tentaciones por todas partes! Todo hermoso y sabroso. Pero, ¿se supone que el cristianismo sea así? ¿Está pensado para ser decorativo pero no profundo, de moda pero no fiel? ¿Dios nos llama a la comodidad mientras olvidamos el sacrificio de Jesús, o hay algo más a lo que Dios nos invita?


Hoy quiero explorar lo que significa alejarnos de un «cristianismo de pastelería» y movernos hacia el tipo de fe cruciforme, llena del Espíritu, que el papa Francisco se atreve a exigir y que Pablo describe en el pasaje de hoy.


El escándalo de la cruz

La iglesia en Corinto es famosa por muchas cosas, principalmente por estar en conflicto. Era una iglesia en una ciudad obsesionada con la sabiduría, el éxito, la elocuencia y el prestigio. Las personas que eran parte de ella formaban facciones en torno a sus maestras o maestros favoritos: algunas personas seguían a Pablo, otras a Apolo o Pedro. Pablo, en su carta, les reprende porque parecen estar perdiendo de vista a Cristo.


Lo que es sorprendente es que Pablo no hace esto alegando saber más que Apolo o Pedro. No se presenta como elocuente o sabio según los estándares del mundo. Habla a la iglesia como un testigo: alguien que ha visto algo escandaloso:


«Porque me propuse no saber nada entre ustedes, sino a Jesucristo, y a él crucificado.»


En lugar de señalarse a sí mismo, Pablo apunta al escándalo de la cruz—no porque suene piadoso o poético, sino porque es una protesta. Es un escándalo y una protesta precisamente porque desafía todo lo que el mundo valora. Es un símbolo de sacrificio en lugar de poder, de perder en lugar de ganar.


Para un mundo entrenado para perseguir la victoria y el control, la cruz es absurda. Pero, como escribe Pablo, para quienes se salvan, es la verdadera sabiduría y poder de Dios (cf. 1 Cor. 1:18–25). Y es el Espíritu de Dios quien nos permite entender estos dones.


El Espíritu, no el espectáculo

Pablo recuerda a la iglesia que su mensaje no vino con espectáculo ni actuación:


«Y estuve entre ustedes con debilidad, con temor y con mucho temblor. Ni mi mensaje ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder» (v. 3-4).

Al decir esto, Pablo nos recuerda que la fe no nace del intelecto o de la brillantez retórica. Nuestra sabiduría a menudo puede llevarnos a la cobardía. Nuestro intelecto a veces es voluble y aleatorio—tanto que nos tienta a creer que somos más de lo que somos. ¡Caemos cuando nos adulan! Sin embargo, la adulación solo conduce a un lugar en donde solo escuchamos lo que queremos, donde ya no podemos distinguir lo que es bueno y justo de lo que es corrupto y dañino.


Como personas cristianas y como Iglesia, no podemos caer en esa trampa. No es la elocuencia la que da poder a la Iglesia. No es el intelecto, las campañas publicitarias, las estrategias o los argumentos. Ganar debates no nos hace fieles. Es el Espíritu, dado por Dios, lo que nos permite discernir la voluntad de Dios. Es el Espíritu quien nos moldea para ser como Cristo. Y lo más importante que debemos recordar es que Dios lo da todo gratuitamente: la salvación es gratuita, el amor es gratuito, la gracia es gratuita. Y eso nos libera para vivir en gratitud, sin estar atadas a lo que el papa Francisco llama «mundanalidad».


El peligro de la mundanalidad

Cuando estaba en una escuela cristiana, me decían que no debía ser «mundana». No podía beber, fumar, bailar, tener sexo fuera del matrimonio o usar lenguaje ofensivo. Estas eran las señales de que yo era «del mundo».


Pero no creo que eso sea lo que el papa Francisco quería decir cuando advirtió sobre el peligro de la mundanalidad. ¡Eso sería demasiado fácil y dependiente de nuestras acciones!


Según sus enseñanzas, se refería a la mundanalidad como una forma de decadencia interna. Tienta a las personas cristianas a valorar el éxito, la apariencia, el prestigio y la riqueza por encima de la humildad, el servicio y la fe. La compara con la lepra o el cáncer—enfermedades que erosionan desde dentro. La mundanalidad compromete la integridad y la misión de la Iglesia.


No siempre es obvia. Es sutil—pero peligrosa. Cuando la Iglesia adopta estos valores, su testimonio se debilita desde dentro.


La mundanalidad se opone a la cruz. Jesús «se despojó» de la gloria y el privilegio, eligiendo el servicio, la humillación y el sufrimiento. La mundanalidad se aferra a la comodidad, la facilidad y el control. Rechaza el sacrificio. Evita a las personas heridas y pobres. No quiere seguir a Jesús hacia los márgenes—prefiere los tronos a las cruces.


Por eso el papa Francisco habla de «cristianos de pastelería», quienes quieren una versión dulce, decorativa y fácil de la fe. Una que se ve bien por fuera pero carece de profundidad y sustancia. Este tipo de fe evita las verdades duras del evangelio. Es consumista en lugar de transformadora. Esta centrada en sí misma, no en Cristo.


En sus palabras más audaces, el papa Francisco dice que la mundanalidad es «la enemiga de Jesús»—no simplemente una falla, sino una adversaria. La llama «el cáncer de la revelación de Dios». Porque la mundanalidad no solo oscurece el evangelio; lo contradice. Reemplaza la humildad de Cristo con el orgullo, el amor abnegado de la cruz con la lógica egoísta del imperio.


Y cuando tratamos de servir a Dios y al imperio, a Dios y al dinero, a Dios y al poder, a Dios y al interés propio—cuando tratamos de equilibrar el evangelio con los aplausos del imperio—corremos el riesgo de convertirnos exactamente en lo que Francisco advirtió: «gente cristiana de pastelería».


La mente de Cristo

En los versículos finales de este pasaje, Pablo va más allá:


«En cambio, el hombre espiritual lo juzga todo, mientras que él no es juzgado por nadie. Porque, ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién lo instruirá? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo.» (1 Cor. 2:15–16)

Esto no es solo un llamado a imitar a Jesús externamente. Es un llamado a dejar que Cristo habite en nuestro ser a través del Espíritu. La vida de Cristo debe fluir en nuestras vidas de manera que dé testimonio y transforme el mundo que nos rodea.


Esto no es religión superficial. Es transformación desde adentro.


Tener la mente de Cristo significa:

  • Elegir la humildad en lugar del orgullo

  • Elegir el servicio en lugar de la dominación

  • Elegir el amor en lugar del odio


Y elegir un amor que nos cuesta más que chocolates y tarjetas en forma de corazón. Un amor que fluye desde el sacrificio. Un amor que se mostró más claramente… en una cruz.


Un llamado a dar testimonio de la cruz

Así que volvemos a la pregunta: ¿Somos gente cristiana de pastelería? ¿Buscamos dulzura sin sacrificio? ¿Buscamos a Cristo sin la cruz?


El papa Francisco terminó su mensaje en Asís con una oración:

«Que el Señor nos conceda el valor de despojarnos del espíritu del mundo… porque es el cáncer de la revelación de Dios. El espíritu del mundo es el enemigo de Jesús».

Y siglos antes, Pablo ya lo había dicho:


«Porque me propuse no saber nada entre ustedes, sino a Jesucristo, y a él crucificado».


Ayer asistí al funeral de Willa Fae Williams. Nos dijeron que coleccionaba muchas cosas—pero sobre todo, coleccionaba cruces. Al final del servicio, se nos invitó a llevarnos una para que su testimonio siguiera viviendo.


Me acerqué a seleccionar una, pero Helen Hastings llegó antes que yo. Me dio una cruz—para la iglesia, dijo. Y así, esta cruz pasa a formar parte de nuestra iglesia hoy.



La reverenda Willa Fae Williams encarnó la vida que Pablo y el papa Francisco describen: una vida de testimonio de la cruz. Sirvió a las personas pobres. Acompañó a las rechazadas. Su música acercó a muchas personas a Dios. No vivió un cristianismo de pastelería, sino uno guiado por el Espíritu.


Y así, mi oración para las personas cristianas y para la Iglesia, es esta:


Que podamos despojarnos de las ilusiones del éxito y de las comodidades del control.

Que podamos recuperar la belleza escandalosa de la cruz.

Que podamos ser una Iglesia no de pastelitos ni de estatus, sino de humildad, servicio, Espíritu y Cristo.


Porque el evangelio no es y nunca será solo un postre.


Es pan quebrantado.

Es una cruz a cuestas.

Es una vida entregada y sacrificada.

Y es el poder de Dios para salvar.


Amén.

 
 
 

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