Las preguntas que tenemos por delante
- Marissa Galvan

- hace 4 minutos
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La pastora Marissa predicó este sermón el 9 de agosto de 2026 en la Iglesia Presbiteriana Beechmont, basándose en el Salmo 105:16–22.
¿Por qué me pasó esto?
¿Alguna vez han atravesado momentos en la vida en los que se han preguntado: «¿Por qué me pasó esto?». O incluso: «¿Por qué a mí?».
Hacernos estas preguntas es humano, así que, por favor, no se sientan mal si alguna vez lo han hecho. A veces, la vida es un misterio. No logramos encontrarle ni pies ni cabeza. Las cosas suceden de una manera tan inesperada y aparentemente aleatoria que nos toman por sorpresa. A veces hasta pensamos que las cosas malas ocurren una tras otra. Yo misma me he escuchado decir que el 2025 fue terrible por todo lo que sucedió, una cosa tras otra, sin parar.
Pero ¿es esa la pregunta correcta? Cuando suceden cosas malas, ¿hay otras preguntas que podemos hacerle a Dios o hacernos a nosotros y nosotras mismas?
Permítanme contarles primero una historia.
La historia de José
Imaginen que son uno de los hijos menores de su familia, pero su padre parece preferirlos por encima de todos sus hermanos mayores. Por eso, sus hermanos no los quieren. De hecho, les tienen tanto rencor que desean hacerles daño. Lo menos terrible que se les ocurre es arrojarlos a un pozo. Pero entonces uno de los hermanos decide empeorar aún más las cosas: decide venderlos como esclavos.

Después de eso, las cosas no mejoran.
Son víctimas de trata y llevados a un país extranjero: Egipto.
Pasan a ser propiedad de un hombre llamado Potifar.
La esposa de Potifar los acosa sexualmente una y otra vez (Génesis 39:7–10). Y no se acerca a ustedes una sola vez. Les habla día tras día, sin cesar.
Intenta coaccionarlos sexualmente (39:11–12).
Los acusa falsamente de agresión sexual (39:13–18).
Su reputación queda destruida sin que tengan la oportunidad de defenderse (39:19–20). Potifar cree la acusación y los encarcela.
En la cárcel se olvidan de ustedes (40:23). Después de interpretar el sueño de un copero, le piden explícitamente que los recuerde y los ayude a salir. Sin embargo, el jefe de los coperos se olvida de ustedes.
Permanecen en prisión otros dos años (41:1).
Todo esto le sucedió a José…
Y hay algo más que José perdió: años de su vida.
Génesis 37:2 dice que José tenía diecisiete años cuando comenzó su historia. Génesis 41:46 dice que tenía treinta cuando finalmente se presentó ante el faraón, interpretó su sueño y fue elevado por el faraón para servir como administrador.
Transcurrieron trece años entre aquel joven de diecisiete años que vivía en la casa de su padre y el hombre de treinta que se presentó ante el faraón.
¡Trece años!
José habría tenido todo el derecho de preguntar: «¿Por qué a mí?». Podría haberles dado la espalda a Dios, a su familia y a todo lo demás. Podría haber perdido la esperanza. Pero el salmista dice que todo ese sufrimiento ocurrió porque Dios quería enviar a José por delante para salvar al pueblo de Jacob de una hambruna que, según el salmo, había sido convocada por Dios.
¿Por qué les suceden cosas malas a quienes pertenecen a Dios?
José era un joven un poco consentido. Pero tener sueños no es motivo suficiente para condenar a un joven a trece años de sufrimiento. No creo que José mereciera todo lo que le ocurrió, aunque el salmista —o incluso el propio José— encontrara algún propósito o significado en aquel sufrimiento.
La historia de hoy me hizo recordar un libro de Harold S. Kushner titulado Cuando a la gente buena le pasan cosas malas. Cuando a su hijo de tres años le diagnosticaron una enfermedad degenerativa que significaba que solo viviría hasta los primeros años de la adolescencia, Kushner tuvo que enfrentarse a una de las preguntas más difíciles de la vida: «¿Por qué, Dios?».
Esa pregunta se convierte en otra más específica: «¿Por qué permitió Dios que esto sucediera?».
El rabino Kushner llega a una conclusión bastante radical después de determinar que afirmaciones como «Es la voluntad de Dios», «Todo sucede por alguna razón» o «Dios necesitaba otro ángel» no constituyen una respuesta. Considera que debemos dejar de defender a Dios alegando que cada tragedia forma parte de su plan.
Su conclusión es, en esencia, la siguiente: Dios es bueno, pero el poder de Dios no debe entenderse como un control absoluto sobre todo lo que sucede.
Esto parece contradecir, hasta cierto punto, la comprensión reformada de la soberanía de Dios. La teología reformada clásica afirma con firmeza que Dios es soberano. Pero decir que «Dios es soberano» no tiene que significar necesariamente que «Dios causa de manera individual cada acontecimiento».
El capítulo 5 de la Confesión de Westminster, por ejemplo, dice que la providencia de Dios se extiende incluso al pecado humano, pero inmediatamente insiste en que «lo pecaminoso procede únicamente de la criatura, y no de Dios». Dios no es «autor ni aprobador» del pecado.
Esta distinción es sumamente importante.
Podríamos decir que Dios es soberano sobre la historia de José sin afirmar que Dios quiso moralmente la crueldad de sus hermanos.
Al final de su historia, José expresa algo parecido: «Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo encaminó para bien, para hacer lo que vemos hoy: mantener con vida a un pueblo numeroso» (Génesis 50:20).
José, junto con el salmista, entiende que la intención de Dios es buena, incluso en medio de situaciones horribles.
Como dije el domingo pasado, no creo en un Dios que justifica la violencia y la muerte. No creo que Dios desee nuestro sufrimiento fortuito. Pero sí creo que Dios quiere que hagamos más preguntas que las que solemos hacer porque, en última instancia, Dios desea lo mejor para la humanidad.
¿Qué otras preguntas debería hacer?
Ivone Gebara escribió un libro titulado El rostro oculto del mal: Una teología desde la experiencia de las mujeres, que aborda algunos de los mismos temas que el rabino Kushner, pero va más allá de las preguntas que él plantea.
Gebara habla concretamente de las experiencias de quienes sufren, especialmente de las mujeres latinoamericanas pobres. Esto la lleva a pasar de la pregunta «¿Por qué permitió Dios que esto sucediera?» a otras preguntas: «¿Por qué tenemos que comenzar con Dios? Primero, ¿cómo experimentamos el mal y dónde podemos encontrar salvación en medio de él?».
La teología tradicional nos dice que Dios permitió el sufrimiento de José y que debe existir alguna razón para ello.
El rabino Kushner dice que Dios es amor, pero esto no significa necesariamente que Dios hubiera podido impedir todo lo sucedido. Dios acompaña y fortalece a los seres humanos mientras enfrentan lo que les ocurre.
Y Gebara, junto con otras voces de la teología latinoamericana progresista, dice: Antes de intentar explicar por qué Dios «permite» el sufrimiento, escuchemos a quienes sufren. Preguntemos qué causó su sufrimiento, quién se beneficia de él y dónde está Dios en medio de la lucha contra todo aquello que destruye la vida.
Esas son las preguntas que quiero que nos hagamos hoy.
El sufrimiento
Hoy existe muchísimo sufrimiento en el mundo. Cuando una persona está sufriendo, tiene derecho a hacer cualquier pregunta que desee. Puede preguntar: «¿Por qué permite Dios que esto suceda?». Ese es su derecho, y quizá necesite tanto tiempo como José, después de trece años, y como el salmista, mucho más tiempo todavía, para descubrir si algo bueno surgió de todo lo malo que ocurrió. Pero no nos corresponde ofrecer respuestas fáciles. No tenemos tiempo para preguntas que dejen a las personas atrapadas en su sufrimiento o que las hagan sentirse peor.
Quizá las preguntas que deberíamos hacernos acerca de las personas a quienes vemos sufrir sean las siguientes:
¿Qué han perdido? No solamente a las personas cercanas, sino quizá también su seguridad, sus rutinas, el hogar tal como lo conocían, a quienes conocían su historia, su estabilidad económica y la certeza de que las personas que aman seguirán allí mañana.
¿Qué sienten y qué necesitan tener permiso para sentir? Dolor, enojo, miedo, abandono, culpa, alivio, insensibilidad emocional e incluso enojo con Dios. Ninguno de estos sentimientos necesita una corrección teológica.
¿Quién está ahora a su lado?
¿Quiénes se convertirán en personas confiables y constantes en sus vidas?
¿Qué necesitan para vivir plenamente? Atención emocional, estabilidad, sentido de pertenencia, apoyo económico, acompañamiento psicológico y comunidad.
¿Dónde pueden encontrar ahora la presencia de Dios en sus vidas? En quienes las abrazan, las alimentan, las escuchan, defienden sus derechos y se niegan a abandonarlas.
Y quizá la pregunta más importante sea esta: ¿Qué exige de nosotros y nosotras el amor de Dios en este momento?
Esa es la pregunta que conecta el sufrimiento personal con el sufrimiento comunitario y nacional.
Y entonces las preguntas continúan.
¿Cómo estamos escuchando a quienes sufren?
¿Qué está causando su sufrimiento?
¿Quién se beneficia de él?
Ayer escuché a algunas personas decir que, en ocasiones, dedicamos demasiado tiempo a debatir cuestiones semánticas mientras otras personas sufren y mueren. A veces pasamos demasiado tiempo debatiendo cuestiones teológicas mientras la gente continúa sufriendo.
Yo creo lo siguiente: Dios no desea el sufrimiento. Dios da prioridad a quienes sufren, ya sea que esas personas estén en nuestras familias, en Gaza, en centros de detención del ICE o viviendo en las calles sin un lugar donde dormir.
Nuestra tarea consiste en continuar haciendo las preguntas importantes, tanto a nosotros/as mismos/as como a quienes ejercen el poder, que nos ayudarán a poner fin al sufrimiento.
Para eso nos envía Dios por delante.





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