APRECIA ESTAS COSAS
- Marissa Galvan

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La pastora Marissa predicó este sermón el 23 de agosto de 2026 en la Iglesia Presbiteriana Beechmont, basándose en Éxodo 1:8-14.
Te aprecio
Jill Duffield, en su libro Appreciate These Things (Aprecia estas cosas), nos cuenta que escuchó la expresión coloquial «’Preciate it» —«Lo aprecio mucho»— en la sala de espera del consultorio médico de su padre. También notó otras variaciones de la expresión. Las personas que pasaban decían: «’Preciate you», es decir, «Te aprecio». La persona que atendía en el supermercado, aquella a quien alguien le abría la puerta, la madre a quien dejabas pasar delante de ti en la fila o cola: cada una se tomaba el tiempo para decir: «Te aprecio». Duffield afirma: «Esta es una expresión de gratitud aún más personal que, a mi parecer, reafirma nuestro valor sin basarse en nada más que en nuestra conexión humana y en pequeños gestos de bondad».
Apreciar las cosas significa observar, considerar y valorar intencionalmente aquello que refleja la bondad: en nuestro propio ser, en nuestro prójimo, en las personas con quienes no estamos de acuerdo y en toda la creación.
Su argumento central podría resumirse de esta manera: cuando nos disciplinamos para reconocer y apreciar lo que hay de bueno y valioso en otras personas, nuestro corazón puede pasar de la indignación al asombro, de la condena a la cercanía y del desprecio a la compasión.
Aquello en lo que fijamos nuestra atención habitualmente moldea la manera en que percibimos a las demás personas; y la manera en que las percibimos determina cómo las tratamos. Al buscar las ocho cualidades que Pablo menciona en Filipenses 4:8 —lo verdadero, lo honorable, lo justo, lo puro, lo agradable, lo digno de reconocimiento, lo excelente y lo digno de alabanza—, quienes siguen a Cristo aprenden a reconocer la imagen divina y el valor inherente presentes en cada persona. Entonces, «Te aprecio» se convierte en algo más que palabras; se convierte en una manera de vivir.
Un faraón olvidadizo
Pero ¿qué sucede cuando nos olvidamos de apreciar a las personas?
La frase «Después se levantó un nuevo rey en Egipto que no había conocido a José» siempre me ha llamado la atención. La mayoría de las personas recuerda de memoria el Salmo 23 o Juan 3:16. Pero mi cerebro recuerda Éxodo 1:8.
Recuerdo Éxodo 1:8 cuando veo a personas que tienen que demostrar su valor en el trabajo al llegar un nuevo jefe. Recuerdo Éxodo 1:8 cuando llega una nueva administración gubernamental e intenta reescribir la historia, creando nuevos villanos y enemigos con el fin de infundir miedo y odio. Alguien que no recuerda a José —o que deliberadamente decide olvidarlo— es una persona desagradecida, que no está dispuesta a leer, investigar ni examinar los hechos históricos para permitir que las historias del pasado complementen su visión y le ayuden a comprender mejor el presente y el futuro.
Según Éxodo, transcurrieron varias generaciones después de la muerte de José y de sus hermanos. Las generaciones posteriores a Jacob y José permanecieron en Egipto y se convirtieron en una población numerosa y vigorosa dentro del país.
Diversos historiadores y teólogos han propuesto distintas identidades para este rey: Amosis I o su predecesor, Kamose. Si han visto El príncipe de Egipto, probablemente reconocerán los nombres de Seti I o Ramsés II. Pero lo importante aquí es que el nuevo rey no conoce a José y que hay consecuencias con esa falta de conocimiento. Y esas consecuencias son enormes y peligrosas para el pueblo relacionado con José.
No conocer a José conduce a ignorar por completo su legado. El líder de Egipto olvida que los históricos logros administrativos de José salvaron al país de la hambruna. También olvida las promesas políticas que sus predecesores hicieron a la familia de José. En vez de tratar a sus familiares como inmigrantes extranjeros comunes, el faraón los había elevado a una posición privilegiada. Egipto se convirtió en un refugio para la descendencia de Jacob, y la familia prosperó en Gosén, lugar que la Biblia describe como «lo mejor de la tierra».
Egipto hizo todo esto por gratitud hacia José, quien era respetado como el salvador de la nación. Pero esa gratitud y aquellas promesas dependían de que José conservara su favor y autoridad. Dependían del respeto y de la memoria, así como de una versión de la historia que realmente tomara en cuenta lo que José había hecho. Cuando todo eso desapareció, el peligro comenzó a gestarse.
Por temor a que la numerosa población hebrea se aliara con enemigos extranjeros durante una guerra, este faraón la oprimió sistemáticamente. Impuso trabajos forzados y sometió al pueblo hebreo a una dura servidumbre. Y, para empeorar las cosas, cometió un infanticidio autorizado por el Estado: ordenó a las parteras hebreas —y, finalmente, a toda la ciudadanía egipcia— que ahogaran en el río Nilo a los niños hebreos recién nacidos.
Hasta ese extremo puede llegar el peligro de no conocer nuestra historia, de olvidarla deliberadamente o de borrarla.
La importancia de apreciar estas cosas
Es aquí donde la importancia de apreciar a las personas pasa a ocupar un lugar central en nuestra vida como personas cristianas, pero también como comunidades y naciones. Los movimientos que Duffield describe son necesarios para que podamos conocernos mejor, sentir gratitud mutua y pasar del rechazo al amor.
El primer movimiento que menciona es el paso de la indignación al asombro. Habla de una calcomanía para automóviles que ha visto y que dice: «Si no estás indignado, es porque no estás prestando atención». El problema es que reaccionar desde la ira no necesariamente constituye la respuesta correcta o mejor. Es posible que el faraón reaccionara desde una ira imaginada, alimentada por las cifras y por sus propios prejuicios. Vemos esto constantemente. ¡Incluso tenemos la expresión «señuelo de rabia» para describir publicaciones que nos enfurecen lo suficiente como para compartir cosas que quizá sean, en su mayor parte, falsas!
El desafío, entonces, es avanzar hacia el asombro: maravillarnos ante las personas y las criaturas que forman parte de este planeta Tierra en el cual todas y todos debemos vivir. Duffield afirma que «la generosidad de espíritu podría ser una forma de resistencia frente al desprecio que amenaza con llevarnos a todos a la extinción».
El segundo movimiento es el paso de la condena a la cercanía. Es fácil condenar a las personas desde lejos. No es necesario investigar. No es necesario conocerlas de una manera íntima. Es más fácil aferrarnos a todos los «ismos» del mundo cuando no hemos intercambiado ni una sola palabra con alguien que es diferente de nosotros o que piensa de otra manera. ¿Cuántas veces podrían decir que conocer a una persona y acercarse a ella ha cambiado su perspectiva sobre su vida? Sé que las oraciones de las personas de esta iglesia me han llevado muchas veces desde las respuestas fáciles formuladas a la distancia hasta lugares de empatía y acción.
El tercer movimiento es el paso del desprecio a la compasión. Duffield presenta el aprecio como una forma de resistencia frente al desprecio. Al reconocer la bondad, el valor inherente y los pequeños gestos de amabilidad de otra persona, adquirimos una mayor capacidad para interesarnos por ella y cuidarla, incluso cuando estamos profundamente en desacuerdo.
Imaginen que el faraón hubiera cumplido con su responsabilidad, hubiera examinado los registros históricos y hubiera descubierto que las personas que vivían en Gosén no eran tan malas como él pensaba. Imaginen que hubiera viajado hasta allí, se hubiera reunido con ellas y les hubiera preguntado acerca de sus intenciones, sin suponer que estaban confabuladas con sus enemigos.
Estos movimientos habrían reorientado su atención y también pueden reorientar la nuestra: de limitarnos a observar aquello que provoca indignación, juicio y desprecio, a reconocer el valor otorgado por Dios que puede despertar nuestro asombro, acercarnos y cultivar la compasión. Un movimiento que nos lleva de la indignación, la condena y el desprecio… a la gracia.
Mantras breves
Duffield se pregunta si tratar de vivir esta vida de aprecio es una ingenuidad. Pero también se pregunta si, dada la situación actual de nuestra vida en común, quizá valga la pena intentarlo.
Por lo que puedo observar, la gracia se está convirtiendo cada vez más en una herramienta de resiliencia y resistencia. Como ella dice —y estoy de acuerdo—, concentrarnos en la ira, el desprecio y el desdén no parece ayudarnos a convivir, mucho menos a cuidarnos mutuamente. Necesitamos intentar algo diferente. ¡Necesitamos conocer a José! ¡Necesitamos recordar la gratitud! ¡Necesitamos apreciar a las demás personas por lo que valen! ¡Necesitamos observar la belleza de nuestro mundo y el valor de cada criatura que forma parte de él!
Cuando observamos y valoramos deliberadamente lo que es bueno —en nuestro propio ser, en nuestro prójimo e incluso en nuestros adversarios—, resistimos el camino del faraón, un camino de olvido que deshumaniza.
En uno de sus capítulos, Duffield dice que mantiene sobre su escritorio unos mantras breves que la ayudan a distinguir la verdad de la ficción. Yo diría que también pueden evitar que caigamos constantemente en la carnada de la ira, dondequiera que la encontremos. Son estos:

Que Dios nos ayude a respirar profundamente. Que Dios nos ayude a estar presentes. Que Dios nos aleje del cinismo. Que Dios nos ayude a apreciar a las demás personas y a apreciarnos a nosotros y nosotras mismos y mismas. Amén.





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