top of page
Buscar

AMOR SIN HIPOCRECÍA

  • Foto del escritor: Marissa Galvan
    Marissa Galvan
  • hace 3 minutos
  • 7 min de lectura

La pastora Marissa predicó este sermón el 30 de agosto de 2026 en la Iglesia Presbiteriana Beechmont, basándose en Romanos 12;9-21.


Una jirafa y un pájaro

Como vieron en el libro ilustrado de Rebecca Bender, Giraffe and Bird, esta es la historia de dos criaturas muy diferentes que se irritan mutuamente. Al Pájaro no le cae bien la Jirafa. A la Jirafa no le cae bien el Pájaro. Se provocan y suponen que sus vidas serían mejores si no tuvieran que convivir.



Pero se equivocan.


Al final, aunque no quieran admitirlo, se hacen más bien de lo que imaginan. La amistad humana no es perfecta. El amor no está libre de defectos. Sin embargo, aprender a valorar incluso a quienes nos resulta difícil amar es una lección que todas las personas necesitamos en nuestro caminar cristiano.


Si pensamos en las cosas que molestan a la Jirafa y al Pájaro, son cosas pequeñas. Al Pájaro le desagradan el mal aliento de la Jirafa y algunos de sus hábitos. A la Jirafa le molestan las caras que hace el Pájaro y algunas de sus conductas. Esto también sucede entre los seres humanos.


Curiosamente, la psicología ha dado un nombre a estas irritaciones: alérgenos sociales. El psicólogo Michael Cunningham los dividió en cuatro categorías específicas:



Hábitos de mala educación: Conductas que infringen las normas sociales o los modales básicos, como masticar con la boca abierta, sorber ruidosamente o respirar con demasiado ruido.
Actos desconsiderados: Acciones mediante las cuales alguien ignora o descuida el tiempo o la comodidad de otras personas, como llegar tarde, dejar envases vacíos en el refrigerador u olvidar sus compromisos.
Conductas invasivas: Acciones demasiado exigentes o controladoras que invaden el espacio personal o traspasan límites, como estar constantemente encima de alguien, ofrecer consejos que nadie ha pedido o querer controlarlo todo.
Transgresiones de las normas: Ignorar las reglas expresas o implícitas de la interacción social, como interrumpir a alguien mientras habla —aunque yo comprobaría si esto es acertado desde el punto de vista cultural— o mirar el teléfono en medio de una conversación.

¡Todas estas cosas son sumamente molestas! ¡Y que se nos pida amar a otra persona mientras hace cosas así puede ciertamente provocarnos una reacción alérgica!


Todas estas cosas suceden en los distintos entornos donde vivimos. ¡Incluso suceden en las iglesias! Al fin y al cabo, la iglesia no es una reunión de personas naturalmente compatibles, o al menos no debería serlo. No todas pensamos igual, nos comunicamos igual, votamos igual, oramos igual ni reaccionamos igual ante los cambios. ¡Puede que algunas hasta tengamos alérgenos sociales!


Sin embargo, Dios, en su misericordia, nos ha reunido y nos ha llamado a ser el cuerpo de Cristo.


La pregunta no es si alguna vez nos frustraremos mutuamente. La pregunta es cómo se manifestará la misericordia de Dios cuando eso suceda: como iglesia, como familias, como comunidades y como naciones.


Encarnar el amor

Carmen M. Rosario Riviere nos recuerda que Romanos 12 se encuentra en un punto decisivo de la carta de Pablo. Durante once capítulos, Pablo ha proclamado la inmensidad de la misericordia de Dios: la justicia que nos pone en una relación correcta con Dios, la gracia que nos adopta, el Espíritu que nos libera y la fidelidad que nos sostiene.


Estas cosas acerca de Dios nos gustan, por supuesto; pero ¿influyen realmente en nuestra manera de vivir como seguidores y seguidoras de Jesucristo?


Entonces Pablo, en el capítulo 12, se dirige a la iglesia y dice: «Así que, hermanas y hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo».


La expresión «así que» es importante. Todo lo que Pablo le pide a la iglesia surge de lo que Dios ya ha hecho. Y es importante recordarlo porque nuestra respuesta a la gracia de Dios es la gratitud.


Los versículos siguientes, entre ellos los que leímos hoy, a veces se consideran una lista de instrucciones éticas separada de la parte «teológica» de Romanos. Sin embargo, Charles Cousar propone una descripción mejor: Pablo nos está mostrando lo que significa encarnar el evangelio. Y yo añadiría que estas son lecciones sobre cómo encarnar la misericordia y el amor de Dios.


El pensamiento fiel y la vida fiel no pueden separarse. La teología no consiste solamente en lo que decimos acerca de Dios. Las palabras son fáciles, pero llevar nuestras creencias a la práctica es más difícil. La teología se hace carne en lo que hacemos con nuestro cuerpo, nuestros bienes, nuestro poder, nuestros desacuerdos y nuestras relaciones. ¡Es entonces cuando realmente nos convertimos en verdaderos teólogos y teólogas!


Romanos 12 no es una escalera que subimos para convencer a Dios de que nos ame. Es nuestra respuesta a la misericordia, la gracia y el amor que ya descendieron para encontrarnos.


Dios nos amó primero.


Dios nos recibió primero.


Dios nos perdonó primero.


Dios nos hizo un lugar primero.


Puesto que hemos recibido misericordia, amor y gracia, tenemos el llamado de convertirnos en una comunidad en la que todos esos dones puedan verse. Si no lo hacemos, no somos auténticos y auténticas. Si no lo hacemos, nos convertimos en esa iglesia hipócrita que tantas personas nos acusan de ser en estos tiempos.


Ser una comunidad verdaderamente amorosa

El desafío, entonces, es ser esa comunidad misericordiosa, llena de gracia y amor en el mundo, aun con todos esos alérgenos sociales flotando a nuestro alrededor. El desafío es atender el urgente llamado de Pablo a actuar en este momento de la historia, cuando la autenticidad y la verdad son tan importantes en un mundo lleno de conspiraciones, desconfianza y mentiras.


Estos no son ideales abstractos. Esta es una manera de vivir nuestra fe en lo que Carmen Rosario llama un mundo herido. A continuación, ella propone siete prácticas que nos muestran cómo se manifiesta en la vida de la iglesia el amor sin hipocresía.


En primer lugar, amar sin hipocresía significa actuar: En un mundo herido por la violencia, el racismo, la desigualdad y la desinformación, el amor genuino hace más que hablar. Protege a las personas vulnerables, confronta aquello que destruye y participa en la obra de sanación. El amor verdadero se pone del lado de la vida.
En segundo lugar, vivir como una familia significa edificar comunidad: La iglesia no es una familia perfecta, pero tiene el llamado de ser un lugar donde cada persona sea vista, escuchada y honrada. Encarnamos ese llamado cuando acompañamos a quienes sienten soledad, apoyamos a quienes sufren y creamos espacios de conversación capaces de superar nuestras divisiones.
En tercer lugar, la esperanza cristiana es activa: «Gozarnos en la esperanza» no significa quedarnos sentadas y sentados esperando que las circunstancias mejoren. La esperanza cristiana fortalece a quienes sufren de cansancio, trabaja por la justicia, sirve al prójimo y participa en la transformación de la sociedad. La esperanza bíblica debe poner nuestras manos y nuestros pies en movimiento.
En cuarto lugar, la hospitalidad es misión: En un mundo que levanta muros, la iglesia abre puertas. Recibimos a las personas migrantes y extranjeras, acompañamos a quienes llegan con pocos recursos y rodeamos de apoyo a las personas que atraviesan crisis. De esta manera, la hospitalidad hace visible el reino de Dios.
En quinto lugar, bendecir a quien agrede rompe el ciclo del odio: Esto no significa justificar el abuso, guardar silencio ante la injusticia ni dejar a las personas desprotegidas. Significa negarnos a permitir que la violencia de otra persona determine nuestra respuesta. Podemos confrontar el mal con firmeza sin rendirnos ante el odio ni el desprecio.
En sexto lugar, la empatía nos ofrece otra manera de vivir: Cuando nos alegramos con quienes se alegran y lloramos con quienes lloran, resistimos la indiferencia de nuestra cultura. Nos hacemos partícipes de las alegrías y las tristezas de nuestro prójimo para que nadie tenga que cargar en soledad con el dolor, el trauma, las dificultades o la injusticia.
Finalmente, vencer el mal con el bien es la estrategia del reino de Dios: Renunciar a la venganza no es pasividad. Es buscar la justicia sin reproducir la violencia: organizándonos, sirviendo, protegiendo, acompañando y diciendo la verdad sin convertirnos en aquello mismo que combatimos.

Estas instrucciones no están desconectadas unas de otras. Juntas describen una comunidad en la que el evangelio se hace visible: el amor actúa, la comunidad hace espacio, la esperanza se pone a trabajar, la hospitalidad abre la puerta, la bendición interrumpe el odio, la empatía se acerca y el bien rompe el ciclo del mal.


En este punto, la reflexión de José David Rodríguez y David Cortés-Fuentes resuena poderosamente:


«El llamado a la paz, a la solidaridad y al rechazo de la violencia requiere que la iglesia vuelva a sus raíces. La historia de la iglesia está llena de testigos que han repetido y reafirmado este llamado a la paz y a la no violencia. La misma historia de la iglesia es testigo de las muchas ocasiones en que la iglesia no solo ha sido víctima de la violencia, sino también promotora e iniciadora de ella. La esperanza cristiana nos motiva, y la realidad cotidiana nos recuerda que todavía hay mucho camino por recorrer y barreras que derribar para alcanzar la verdadera paz y justicia».

Esta honestidad nos arraiga en la verdad: la iglesia tiene el llamado no solo de proclamar la paz, sino también de practicarla; no solo de denunciar la violencia, sino también de examinar su propia complicidad; no solo de esperar la justicia, sino también de trabajar activamente por ella.


Un amor genuino

La Jirafa y el Pájaro descubren que convivir es difícil. También descubren que separarse no es la solución. Necesitan una nueva manera de relacionarse: una en la que la diferencia no se convierta en hostilidad y la irritación no se transforme en represalias interminables.


Los alérgenos sociales no tienen por qué dominarlo todo. Tampoco tiene que hacerlo la tendencia a la venganza y al odio que vemos desplegarse ante nuestros ojos.


Por la misericordia de Dios, otro camino es posible.


Podemos honrar en lugar de humillar.


Podemos escuchar en lugar de desestimar.


Podemos recibir en lugar de excluir.


Podemos bendecir en lugar de maldecir.


Podemos decir la verdad sin odio y con amor.


Podemos buscar la justicia sin venganza.


Podemos llorar, alegrarnos, orar y trabajar en comunidad.


Así es como el evangelio se hace carne.


Así es como el mundo ve lo que creemos.


Esto es amor sin hipocresía.


Pueblo amado, no se dejen vencer por el mal.


Por la misericordia de Dios y con el poder del Espíritu, venzan el mal con el bien.


Amén.

 
 
 

Comentarios


© 2020 por la Iglesia Presbiteriana Beechmont

Iglesia Presbiteriana Beechmont | 417 W. Ashland Avenue | Louisville KY 40214

bottom of page