Cómo ser una persona cristiana conflictiva

La pastora Marissa predicó este sermón el 6 de septiembre de 2026 en la Iglesia Presbiteriana Beechmont, basándose en Mateo 18:15-20.

Evitar el conflicto
Al escribir sobre este pasaje, Brian Erickson señala que, aunque hay muchas parábolas complejas que pueden encerrar múltiples significados, este pasaje parece bastante directo. Jesús parece estar hablando de la resolución de conflictos y ofrece un procedimiento disciplinario de cuatro pasos para cuando tenemos un problema con alguien:
conversación privada → testigos → iglesia → expulsión.
Pero el problema, dice Erickson, es que las iglesias son algunos de los lugares más indirectos y pasivos —¿pasivo-agresivos?— del mundo.
Él cuenta la historia de una iglesia cuyos miembros se sentían tan intimidados por su organista, una mujer anciana que llevaba muchos años en el puesto, que no se atrevían a despedirla. Así que le organizaron una fiesta de jubilación.
Cuando eso no funcionó, regalaron el órgano.
Como decíamos la semana pasada, formar parte de una familia eclesial es difícil. Formar parte de cualquier familia puede ser difícil. Hay malentendidos, sentimientos heridos, chismes y viejos rencores. Hay opiniones diferentes, personas que nos sacan de quicio y, en nuestro caso, diferencias culturales y distintos idiomas.
Ser una persona pasiva o pasivo-agresiva no es la solución, especialmente porque eso comunica las cosas de manera indirecta: mediante el silencio, el sarcasmo, el distanciamiento, las bromas mordaces, las publicaciones vagas en Facebook, la negativa a colaborar o incluso esa maravillosa frase cristiana utilizada como arma: «Estoy orando por ti».
Por otro lado, tenemos los debates.
He visto varios debates producidos por un canal de YouTube llamado Jubilee, en los que algunas personas están rodeadas de otras con opiniones completamente diferentes y se turnan para enfrentarse entre sí. El problema es que esta cultura del debate suele convertir el conflicto en combate.
Las personas no se escuchan de verdad. El objetivo se convierte en ganar, exponer las debilidades de la otra persona, lanzar la respuesta demoledora o conseguir el fragmento de video que demuestre que su lado ganó.
Con frecuencia, se declaran vencedoras sin darse cuenta de que, en algún momento, dejaron de escuchar para comprender y comenzaron a escuchar buscando una oportunidad que pudieran utilizar contra la otra persona.
Eso no resuelve el conflicto.
De hecho, ambos enfoques evitan el verdadero conflicto.
La pasividad evita el conflicto al evitar la comunicación directa.
El debate combativo evita el conflicto al evitar la vulnerabilidad.
Y ambos pretenden protegernos de lo que puede ser la parte más aterradora del conflicto verdadero: la posibilidad de que un encuentro sincero con otra persona cambie algo en nuestro interior.
¿Cuál debería ser el propósito del conflicto?
Hace algunos años participé en un seminario virtual del Lombard Mennonite Peace Center. Su capacitación incluye identificar nuestro propio estilo de respuesta ante los conflictos, desarrollar habilidades de comunicación para resolverlos pacíficamente, prevenir conflictos congregacionales destructivos y aprender estrategias de toma de decisiones en las que todas las partes salgan ganando.
Pero lo más importante que recuerdo es esto: no podemos evadir el conflicto. El conflicto forma parte de la vida cotidiana. Al enfrentar un conflicto, el objetivo no es ganar, sino restaurar la relación.
Y eso se parece mucho a lo que Jesús propone en este pasaje.
Como mencioné antes, muchas personas cristianas interpretan las instrucciones de Jesús principalmente como un procedimiento disciplinario: alguien peca y lo confrontamos; llevamos testigos para que observen las cosas malas que ha hecho; si no se arrepiente, llevamos el asunto ante la iglesia; y, si todavía no se comporta de cierta manera, lo expulsamos.
Pero el versículo 15 nos muestra el propósito del consejo de Jesús: «Si él te escucha, has ganado a tu hermano».
Podríamos decir que ese es el corazón del pasaje.
No se trata de demostrar que tenemos la razón.
No se trata de hablar a espaldas de la persona.
No se trata de ganar la discusión.
Lo que buscamos, el mejor resultado posible, según Jesús, es recuperar a un hermano o una hermana.
Y resulta interesante que, si leemos todo el pasaje teniendo presente ese propósito, la parte sobre tratar a alguien como «gentil y publicano» también adquiere un significado un poco diferente.
Esto no puede convertirse sencillamente en una invitación a la crueldad o a la condena. Puede llegar un momento en que sea necesario establecer límites, cuando una conducta deba tener consecuencias y la comunidad necesite protección. La reconciliación no puede imponerse a quien se niega a rendir cuentas.
Pero, aun entonces, el objetivo no es la venganza.
No dejamos de esperar la restauración. Seguimos orando. Seguimos dando testimonio. Seguimos dejando abierta la posibilidad de que haya arrepentimiento, transformación y reconciliación.
Después de todo, convendría recordar cómo trataba Jesús a los gentiles y a los publicanos. Y Mateo mismo había sido recaudador de impuestos. Él sabía muy bien de qué se trataba la obra de Jesús.
Por lo tanto, el objetivo continúa siendo la reconciliación, no la humillación, la venganza ni la condenación eterna.
¿Qué hacemos hoy con el conflicto?
Raquel St. Clair identifica las redes sociales como una de las principales fuerzas que determinan cómo enfrentamos los conflictos en la actualidad.
Facebook, donde las amistades se crean agregando personas, también ha hecho que perderlas sea increíblemente fácil. Eliminar de mis amigos. Tocar un botón. Listo.
También es fácil comenzar un debate con alguien sin tener que verlo nunca cara a cara.
St. Clair también destaca que los conflictos modernos amenazan los lazos de comunión entre quienes confiesan a Jesús como Señor. La afiliación política, el apoyo a ciertos candidatos y las posturas sobre asuntos polémicos han llevado a algunas personas cristianas a cuestionar el compromiso de fe de las otras.
Sin embargo, pasajes como este continúan ofreciéndonos una narrativa alternativa.
Aquí encontramos un llamado a reconocernos como familia y a buscar la reconciliación.
¡No publiques primero en Facebook!
Hablen directamente.
Comiencen con una conversación directa y respetuosa, preservando la dignidad de la otra persona.
Recuerden: el objetivo es la restauración, no la victoria.
Y cuando la conversación directa no funcione…
¡No publiquen en Facebook!
Amplíen el círculo con cuidado, no para dominar a la otra persona, sino para establecer la rendición de cuentas y facilitar el discernimiento.
Reconozcan cuándo el conflicto afecta al resto de la comunidad y actúen con sabiduría.
Oren en comunidad.
Digan la verdad con amor.
Busquen una disciplina justa y restauradora cuando sea necesario.
Y confíen en que Cristo está allí, presente en cada dificultad, en cada conversación incómoda y en cada temor.
«Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
Y recuerden…
No publiquen nada sobre el conflicto en Facebook.
La reconciliación no significa fingir que nada sucedió.
La verdad importa.
El pecado puede ser nombrado.
La rendición de cuentas es real.
La comunidad tiene responsabilidades.
Pero la disciplina tampoco tiene como propósito principal el castigo o la exclusión. Su horizonte es la restauración de las personas y de la comunidad bajo el señorío de Cristo.
Cómo manejar el conflicto con la organista anciana
Así que me pregunto qué habría sucedido en aquella iglesia con la organista anciana si sus miembros hubieran seguido un proceso saludable para resolver el conflicto.
Primero, habrían identificado y nombrado el verdadero problema.
¿Qué estaba mal? ¿Ya no podía tocar adecuadamente? ¿Controlaba el culto? ¿Se negaba a seguir instrucciones? ¿Habían cambiado las necesidades musicales de la congregación? ¿Su comportamiento se había vuelto perjudicial?
«Tenemos que deshacernos de ella» no es realmente una descripción del conflicto.
Un manejo saludable del conflicto comienza por identificar la conducta o la situación concreta que debe cambiar.
En segundo lugar, alguien con la responsabilidad apropiada habría hablado directamente con ella.
Y esa conversación tendría que haber sido sincera, amorosa y humana: «Agradecemos los muchos años que has servido a esta congregación. También necesitamos hablar sobre algunas preocupaciones relacionadas con tu función como organista y sobre lo que la iglesia necesitará de ahora en adelante».
Entonces, y esto es fundamental, la habrían escuchado.
Tal vez ella sabía que estaba teniendo dificultades y sentía terror de perder una función que se había convertido en parte central de su identidad. Tal vez nadie le había dicho nunca que existía un problema. Tal vez ella también tenía sus propias quejas. Quizá algunas de las suposiciones que la congregación había hecho sobre ella eran incorrectas. O tal vez realmente era una persona difícil que no estaba dispuesta a cambiar.
Un manejo saludable del conflicto no garantiza que todas las personas estarán de acuerdo.
Garantiza que se les conceda la dignidad de participar con sinceridad en un conflicto que les concierne.
Después podrían haber establecido expectativas y consecuencias claras: Esto es lo que debe cambiar. Esto es lo que podemos ofrecer para ayudarte. En esta fecha volveremos a evaluar la situación.
Y, si estas cosas no pueden cambiar, tendremos que hablar sobre la conclusión de tu empleo.
Si finalmente hubiera sido necesario despedirla, podrían haberlo hecho de una manera abierta, compasiva y clara.
Porque, cuando nos negamos a enfrentar el conflicto, con frecuencia comenzamos a solucionar todo menos el verdadero problema.
Reorganizamos los programas.
Cambiamos los comités.
Cambiamos el culto.
Cambiamos las políticas.
Abandonamos las iglesias.
Y, aparentemente, a veces regalamos los órganos.
Cualquier cosa con tal de no decir: «Hermana, tenemos que hablar».
Tenemos que comprender que la paz no consiste en la ausencia de una conversación incómoda.
A veces, la paz se vuelve posible precisamente porque finalmente tuvimos esa conversación incómoda.
Y así es como llegamos a ser buenas personas cristianas conflictivas.
Porque Jesús no nos enseña a construir comunidades sin conflictos.
Jesús nos enseña a convertirnos en comunidades lo suficientemente valientes como para decir la verdad con amor, lo suficientemente humildes como para escucharnos mutuamente y lo suficientemente comprometidas como para permanecer en relación mientras enfrentamos las cosas difíciles.
En ocasiones, la reconciliación significa permanecer juntas.
A veces, la reconciliación significa que alguien deja de ocupar el puesto de organista.
Y, en otras ocasiones, la reconciliación significa que, aun cuando una relación o una función tenga que cambiar, nos tomamos el tiempo para reconocer el servicio de una persona y poner fin a las cosas de una manera saludable y amorosa.
Pero siempre recordando el objetivo: recuperar a un hermano o una hermana.
Porque, como nos recuerda Pablo en Romanos, «el amor es el cumplimiento de la ley».
Tal vez eso sea lo que realmente significa ser una persona cristiana conflictiva.
No alguien que va por la vida creando conflictos.
Ya tenemos suficientes personas ofreciéndose como voluntarias para ese trabajo.
Sino alguien que se niega a huir del conflicto. Alguien dispuesto a hablar con sinceridad, pero sin crueldad. Alguien dispuesto a escuchar sin estar preparando su próxima réplica. Alguien dispuesto a arriesgarse a ser transformado por la verdad de otra persona. Alguien dispuesto a buscar la rendición de cuentas sin renunciar a la relación.
Alguien dispuesto a creer que, incluso en esa habitación incómoda, incluso durante la conversación difícil, incluso cuando dos o tres personas se esfuerzan por encontrar el camino de regreso unas hacia otras, Cristo está allí en medio de ellas.
Amén.





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