Llamados y envíos
- Marissa Galvan

- 24 jun
- 6 min de lectura
El siguiente sermón fue predicado por la Pastora Marissa Galván-Valle el 14 de junio de 2026 en la Iglesia Presbiteriana Beechmont. La pastora Marissa, reflexionando sobre Mateo 10, nos invita a considerar tanto la belleza del llamado de Dios como el desafío de ser enviados, enviadas y enviades al mundo como discípulos, discípules y discípulas de Jesús.
Los llamados nos gustan. ¿Los envíos? No tanto.
Como personas aquí saben, crecí en la Iglesia Presbiteriana. Mi mamá me contaba historias sobre familiares que fueron pastores, historias sobre su vida en la iglesia y sobre mi abuela como parte del liderazgo de la iglesia.
Cuando me convertí en anciana gobernante a los 21 años, supe que Dios tenía algo más planeado. Sabía, como he mencionado antes, que se suponía que debía hacer más.
Eso sonaba maravilloso en mi mente.
Sería como mi tío abuelo Osvaldo, quien encabezó un ministerio único en el Aeropuerto Internacional de San Juan, ayudando a inmigrantes puertorriqueños que salían hacia Estados Unidos en los años 50 a entender la moneda estadounidense y dirigiéndolos a comunidades eclesiales acogedoras en distintas ciudades de Estados Unidos.
Aquí hay una foto de él con un grupo de pastores…

Y entonces comencé a escuchar las historias de personas que eran candidatas al ministerio.
Algunas estaban teniendo problemas con el Comité de Preparación para el Ministerio. Otras estaban lidiando con pastores que habían decidido asumir el papel de sargentos, tratando de hacerlas sufrir como ellos habían sufrido. Algunas escuchaban a otros decirles que perderían su fe por ir al seminario.
Que Dios nos llame es hermoso.
¿Que Dios nos envíe? No tanto.
Tal vez Bonhoeffer tenía razón: «Cuando Cristo llama a una persona, la invita a venir y morir».
El llamado y el envío
En Mateo 10, Jesús hace algo interesante.
Llama a los discípulos. Les da autoridad para sanar toda enfermedad y dolencia. Los llama por nombre. Y luego, casi de inmediato, les dice: «yo los envío como a ovejas en medio de lobos».
Serán azotados. Serán arrastrados. Eso es lo que les espera. El llamado es hermoso. Pero el envío es peligroso.
¿Qué es un llamado?
Según el entendimiento de nuestra iglesia, un llamado es la invitación de Dios a participar en la misión de Cristo, reconocida y afirmada por la comunidad de fe.
Un llamado no es solamente un sentimiento privado o una ambición personal.
Y tampoco es un llamado únicamente al ministerio de la Palabra y los Sacramentos.
Toda persona aquí tiene un llamado:
a seguir a Jesús
a amar a Dios y al prójimo
a participar en la misión de Cristo
a usar nuestros dones en servicio
a buscar justicia y reconciliación
a dar testimonio del evangelio
Una maestra, trabajadora social, madre, enfermero, activista, músico, contador, persona jubilada, voluntaria o estudiante puede entender su vida como una respuesta al llamado de Dios.
La iglesia funciona como una comunidad de apoyo y afirmación.
Pero este llamado no se trata de ser mejores que otras personas o más especiales que otra gente.
Cuando Jesús llama a los discípulos, lo hace porque ve un mundo de ovejas sin pastor. Ve un mundo herido. Y tiene compasión.
Este llamado existe porque hay una misión.
Y la misión, según Jorge Zijlstra, comienza mucho antes de que nos sintamos listos, listas o listes para ella.
¿A quienes Dios llama?
Los discípulos no necesariamente estaban preparados para lo que Jesús les estaba pidiendo.
Había pescadores. Un cobrador de impuestos. Personas de movimientos políticos opuestos. Y eventualmente, incluso un traidor.
Pero Jesús sabe que el mundo necesita amor. Necesita servicio. Necesita gracia. Y esas necesidades son urgentes. Todo el mundo es necesario. Tú, yo, todas las personas.
Y Dios llama a quien Dios quiere llamar.
El Rev. Zijlstra nos recuerda que, aunque en este pasaje aparece una lista de hombres, los Evangelios también muestran discípulas que viajaban con Jesús, apoyaban su ministerio, permanecieron fieles al pie de la cruz y se convirtieron en las primeras testigos de la resurrección.
Algunas personas miran esa lista de hombres y creen que establece una lista exhaustiva. Pero Jesús reúne una comunidad de gente que le sigue, mujeres y hombres, para participar en la obra de sanar la vida.
Cuando olvidamos eso, confundimos el servicio con el poder.
Un llamado no reconocido
El pasaje dice que Jesús les da autoridad a los discípulos. Pero esa palabra puede hacernos tropezar.
Jesús no da autoridad para dominar. No da autoridad para controlar. No da autoridad para expulsar. No da autoridad para rechazar. No da autoridad para juzgar.
Da autoridad para sanar, restaurar y servir.
Danny Zacharias nos recuerda que, en muchas culturas indígenas, el liderazgo no se trata de jerarquía —¿De quién soy patrón?— sino de servicio —¿A quién puedo ayudar?—
Un verdadero líder es quien cuida de la gente, asegurando su bienestar.
Jesús encarna un liderazgo profundamente relacional y motivado por la compasión. Pero a veces la iglesia confunde el servicio con el poder.
Si un llamado no es meramente individual, sino que debe ser reconocido por la comunidad de fe, ¿qué sucede cuando esa comunidad no reconoce el llamado? ¿Qué sucede cuando la autoridad se usa para negar el llamado de Dios?
Muchas mujeres sintieron el llamado de Dios mucho antes de que las iglesias estuvieran dispuestas a afirmar sus llamados.
Recientemente, una denominación cristiana vecina, con un seminario en la ciudad, reafirmó su posición de que Dios no llama a las mujeres al oficio pastoral.
Pero esto también sucede en círculos presbiterianos. Hay varias denominaciones presbiterianas aquí y alrededor del mundo que no ordenan mujeres.
Al mismo tiempo, las personas cristianas pertenecientes a la comunidad LGBTQIA+ han experimentado llamados al ministerio mientras sus llamados eran cuestionados o negados.
Y tengo que decir esto: Como pastora, no puedo negar su sentido de llamado, porque no quiero que nadie niegue el mío.
La gente usa la Biblia para decirme que no puedo predicar. Y usan la Biblia con el mismo propósito contra esta comunidad.
Y si alguien quiere hablar de pecado, recuerden lo que dije el domingo pasado: Todo el mundo es pecador y recibe gracia inmerecida.
Autoridad y humildad
Nuestra comprensión del llamado debe incluir una comprensión de la autoridad.
Debe invitarnos a la humildad que primero mostró Jesucristo.
Nuestra tarea como iglesia no es crear llamados. La tarea de la iglesia es reconocer a quienes Cristo está llamando.
Cuando reconocemos a quienes Cristo está llamando, apoyamos. Afirmamos. Hacemos el camino más llevadero, porque ya es suficientemente difícil.
La iglesia no está llamada a ser los lobos entre las ovejas.
He visto a colegas pastoras enfermar físicamente porque personas las han herido en nombre de la iglesia.
He visto a un hermano y una hermana llorar porque ambos tenían llamado al ministerio, pero ella podía ser ordenada y él no, porque es gay.
Y aun así, he visto a estas personas vivir su fe. Luchar por su fe. Cumplir su llamado. Incluso en medio del rechazo y el odio.
¿Quién soy yo para negar lo que Dios está haciendo en medio de su pueblo?
La novedad del futuro de Dios
Walter Brueggemann dijo:
«A medida que vamos a los lugares adonde Dios nos llama, algunas veces con gusto, otras a regañadientes, siempre con ansiedad, somos llevados a la novedad del futuro de Dios».
Un llamado no es una recompensa. Un llamado no es estatus. Un llamado no es prueba de perfección.
Un llamado es la invitación de Dios a unirse a la obra sanadora de Cristo en el mundo y a participar en las cosas nuevas que Dios está haciendo.
Jesús llama a personas comunes. Las llama antes de que estén listas. Las llama antes de que la iglesia esté lista. Las llama a servir en lugar de gobernar.
Las envía a lugares donde se necesita sanidad. Y les advierte que el camino será costoso.
Sin embargo, promete que no irán solas. Aun cuando la novedad del futuro de Dios provoque miedo y ansiedad, nos acompañará.
Esperanza
No sé ustedes, pero yo tenía mucha curiosidad sobre la foto que encontré con mi tío abuelo y todos esos pastores que forman parte de la historia presbiteriana en Puerto Rico. Tenía curiosidad porque hay una mujer allí—una mujer sola en medio de todos esos hombres.
En la parte de atrás de la foto hay una nota que identifica a todas las personas, así que sabemos el nombre de la mujer. El nombre de esa mujer es Esperanza Torres.
No dice «Reverenda». Está identificada simplemente como «Señora».
Pero al investigar más, descubres que era anciana. Participó en reuniones del presbiterio. Formó parte del consistorio de una iglesia en Aguadilla.
Fue directora de La Escuelita en la década de 1930, un proyecto que ayudó a establecer una iglesia en la parte noroeste de la isla.

Ella estaba viviendo su llamado.
Y fue invitada a estar en esa foto junto a todos esos pastores.
Su nombre es Esperanza. Y ella me da esperanza de que la iglesia continúe reconociendo llamados inesperados y sorprendentes.
Y no solo reconocerlos. Sino bendecir, apoyar y enviar a quienes Cristo ha escogido.
No estamos aquí para crear llamados ni obstáculos.
Estamos aquí para abrir nuestros ojos a lo que Cristo está haciendo y para reconocer los llamados de mujeres, personas LGBTQIA+ y otras personas a quienes Dios quizá ya está enviando al ministerio. Que Dios nos ayude a hacerlo.





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